Hoy la Iglesia permanece en silencio junto a un pueblo herido. En muchas diócesis, en estos días, junto con las autoridades y con nuestros vecinos, sentimos la necesidad de reunirnos para afrontar –también desde la fe– el dolor de las víctimas, la solidaridad de los vecinos y de los cuerpos de emergencia, que a todos nos ha tocado profundamente.
Con la Iglesia de España, al ritmo de otras diócesis que hoy hacen lo mismo, la provincia eclesiástica con nuestros hermanos obispos, junto con las autoridades que nos acompañáis —Delegado del Gobierno, Presidenta, Alcalde—, queremos esta noche acoger y presentar juntos la vida de las víctimas mortales de Madrid, Alcalá y Getafe, y presentar el dolor de los heridos y de tantas familias afectadas.
Samuel, Jesús, María Eugenia, María Luisa, Trinidad, aquella joven alemana de la parroquia Santa María de habla alemana, Pablo, Mari Carmen, Francisco Javier. Y los heridos que aún se están recuperando.
Ahora, junto a la sorpresa y la muerte inesperada, nos queda el silencio desconcertante del sábado santo. Un silencio que no es vacío ni ausencia, sino un silencio lleno de nombres, de historias truncadas, de vínculos rotos demasiado pronto. Porque cada vida perdida deja un vacío infinito en el corazón de su gente. Hoy lo reafirmamos con respeto y con dolor.
Aquí el lenguaje humano se vuelve insuficiente. La Iglesia no viene hoy a ofrecer respuestas rápidas, sino a compartir el peso del duelo, a permanecer, a no marcharse cuando el sufrimiento incomoda. Nuestro deseo como creyentes no es comprenderlo todo, sino estar y abrazar, aun en la distancia.
Esta noche, como Iglesia, junto a todos los que se incorporan a este gesto y a esta oración, queremos estar con quienes han perdido a un hijo, a una esposa, a un hermano, a un amigo o a un vecino. Estar con quienes sienten que una parte de su vida se ha derrumbado y que el futuro, de pronto, se ha vuelto incierto. Estar junto a un pueblo que ha sido herido y traspasado.
Queremos estar, incluso cuando no sabemos qué decir, porque la presencia fiel ya es consuelo.
1. Ante tragedias como esta, surge inevitablemente la pregunta por Dios. ¿Dónde está en estos momentos? Esta noche podemos escuchar, desde la Palabra de Dios que hemos escuchado, cómo la fe cristiana responde con humildad a esa pregunta: Dios no es el causante del mal ni de la muerte. Dios no desea la destrucción ni se complace en el sufrimiento humano. El milagro que experimentamos es que Él se queda y lo atraviesa sufriéndolo, pasando por aquellos vagones, ayudando, llorando, sosteniendo, salvando. Ahí está Dios.
Jesús no pasó de largo ante el dolor. Se detuvo y tocó la herida. Lloró ante la tumba de su amigo. Él mismo padeció una muerte prematura e injusta. Por eso Él sabe en primera persona de nuestras impotencias y dolores. Así acoge la muerte y el sufrimiento, no explicando el dolor desde lejos, sino compartiéndolo desde dentro, atravesándolo e iluminándolo. Está presente en cada gesto de consuelo, en cada abrazo, en cada mano que sostiene a otra.
2. Junto al dolor aparece hoy también la experiencia de la fragilidad. Nos sentimos débiles porque estos hechos nos recuerdan algo que a menudo intentamos olvidar: somos frágiles y nos morimos.
Por mucho que planifiquemos, por mucho que aseguremos, por mucho que creamos progresar, el misterio de la muerte sigue estando ahí, recordándonos que no lo controlamos todo, que la vida no nos pertenece del todo.
Desde esta experiencia, frente a la tenue luz de un Jesús resucitado que hoy viene a nosotros, nos abrimos a una buena noticia que se anuncia silenciosa desde el patíbulo de un Crucificado, desde alguien que se hace frágil y débil por amor.
Esta es una oportunidad para escuchar a Jesús, muerto y resucitado, que se queda con nosotros e ilumina la experiencia de la muerte con su compañía, con la compañía de los nuestros y con la presencia de la Iglesia.
3. Por eso os invito a escuchar su voz en la oscuridad de la noche, desde la realidad de los fallecidos, desde nuestras propias fragilidades y miedos ante la muerte.
Una voz que dice a cada uno: «Hoy estarás conmigo». Lo dice a cada uno de los fallecidos, lo dice a cada uno de nosotros. Lo dice a quien quiera escucharle, no solo en momentos cálidos, sino cuando nos ponemos al pie
de la cruz, de cada cruz, también de las cruces que nos presenta cualquier tragedia.
Jesús, en la cruz, no da un discurso. Dice una frase breve y definitiva: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43). Esa voz nos ayuda a mirar sin miedo nuestra meta, el destino que Dios da a sus hijos.
El paraíso del que habla Jesús no es solo un lugar lejano. Para el cristiano, el paraíso es estar con Cristo, dejarse acompañar por Él en todo momento, cada día y en cada acontecimiento. Por eso el paraíso no es solo una recompensa final: es poder vivir ahora cada paso de la vida con Cristo, mantener con Él una relación que comienza ahora y desemboca en su abrazo definitivo.
A nuestros difuntos, Cristo no les promete una idea, sino su presencia.
Y a cada uno de nosotros, hoy también Cristo nos ofrece su presencia y su abrazo para caminar por las sendas de la vida.
Por eso, en medio de la perplejidad, de la fragilidad y de nuestros miedos, Cristo nos dice que la muerte no tiene la última palabra. La última palabra para Dios es la resurrección. Esa es la luz que hoy se nos da para caminar y atravesar las fragilidades de la vida.
Él es nuestra verdadera esperanza. Una esperanza que no niega el dolor, pero que se niega a creer que la vida y el amor terminen en una tumba. Hay muerte, hay dolor, pero la muerte no rompe lo esencial. El amor permanece.
«Quien resucitó al Señor Jesús —dice Pablo—, nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos llevará con vosotros a su presencia».
La última palabra la tendrá siempre la vida. La última victoria no es del mal, ni del pecado, ni de la muerte; es de Dios, que es Amor. Esa es la forma de seguir creyendo cuando cuesta, de seguir amando cuando duele.
Y lo vemos en los gestos de amor y de solidaridad que tantos han desplegado en estos días. Esos gestos son eternos: van a Dios porque nacen de corazones que aman, como el venir hoy aquí por solidaridad y por amor; eso es eterno. Lo decía estos días el párroco de Adamuz: incluso los que no van a misa y han sido samaritanos, los que se han aproximado a la cruz del dolor ajeno por puro amor y sin calcular, eso, exactamente eso, es ser cristianos.
4. Si la muerte no triunfa, nuestra vida, vista desde la cruz, puede convertirse en lugar nuevo, y esta puede ser una ocasión para dar un paso de conversión.
Cuando nos reconocemos frágiles y dejamos de vivir como si tuviéramos todo bajo control; cuando estamos con quienes sufren una pérdida, entonces algo se abre paso: la posibilidad de una humanidad más fraterna o, lo que es lo mismo, una humanidad más de Dios.
Cuando compartimos la fragilidad y la ponemos ante Dios, entonces nos responsabilizamos porque descubrimos que estamos llamados a cuidarnos unos a otros, no a enfrentarnos ni a vivir encapsulados en nuestros propios búnkeres personales o ideológicos.
Por eso, una de las grandes palabras que aprendemos cuando acogemos esta esperanza es “cuidar”:
- cuidar la vida, especialmente la más débil;
- cuidar los vínculos que sostienen cuando todo se tambalea;
- cuidar la casa común donde todos habitamos;
- cuidar a los vecinos y vecinas, y a la buena gente que vive desplegando el amor sencillo, sin más publicidad que el silencio;
- y cuidar a quienes cuidan, tantas veces invisibles y agotados.
Así, el dolor que hoy compartimos nos hace crecer y nos interpela.
5. Hoy confiamos a nuestros hermanos difuntos a la misericordia infinita de Dios.
Creemos que ahora están sostenidos por un amor más fuerte que la tragedia, más fuerte incluso que la muerte.
Y a quienes hoy lloran, les decimos con sencillez y con verdad: no estáis solos. La Iglesia camina con vosotros. La comunidad permanece. La memoria no se apaga. El dolor compartido no desaparece, pero pesa menos ante Dios. La cercanía, el abrazo, la fidelidad al recuerdo son ya una forma de esperanza.
Que la celebración de la Eucaristía, que es nuestro mayor tesoro como cristianos, sea una manera de abrir nuestros corazones a la voz del que es la Luz, y se convierta en una llamada a colocarnos ante la cruz, ante cada cruz, para ser más humanos, más resucitados, más solidarios y más atentos a la fragilidad de la vida.
A construir una sociedad donde el cuidado sea prioridad y donde cada muerte nos duela lo suficiente como para cambiar.
Que esta tragedia nos haga amar más.
Que a todos nos ponga de nuevo al servicio del bien común, convirtiendo el dolor en herramienta para la paz, la concordia y la convivencia.
Y a las víctimas y a sus familias, que Dios os conceda consuelo, sanación, luz perpetua, y que sepáis que siempre contáis con el abrazo de la Iglesia.
