Homilías

Domingo, 29 marzo 2026 16:00

Homilía del cardenal José Cobo en la misa de Domingo de Ramos (29-03-2026)

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Hoy comenzamos la Semana Santa con un gesto sencillo y desconcertante: unas ramas en las manos, una procesión, un canto. Y, sin embargo, lo que celebramos desborda lo visible. Porque quien entra en Jerusalén es el mismo Dios, que viene a decirnos cómo es.

Y lo hacemos en medio de la realidad que vivimos: un mundo con nubarrones de guerra, con heridas abiertas entre pueblos, con una sociedad crispada. Un mundo donde crece la desconfianza, el enfrentamiento, la lógica del “nosotros contra ellos”.

Desde ahí hoy hacemos nueva la Semana Santa, pues es en esta realidad donde acogemos a Cristo y nos dejamos iluminar.

1.- Jesús entra en la ciudad. Pero no lo hace como esperan. No hay caballo de guerra, no hay signos de poder, no hay imposición, ni gritos, ni insultos. Entra en un borrico provocativamente desarmado y humilde. Y lo hace como príncipe de la paz. Esto no es un detalle decorativo: es una revelación para explicarnos quién es este Dios al que aclamamos. Este gesto recoge cuanto nos ha contado Jesús de su Padre.

Dios no viene a dominar, sino a entregarse y a padecer hasta el extremo para explicarnos lo que es amar y hasta dónde ama a cada uno de sus hijos.
Entra en Jerusalén, y esta Semana Santa entra también en nuestra historia concreta, en esta Iglesia de Madrid, para llamarnos a aprender ese mismo estilo: sembrar paz, no imponerse, sino proponer; no dividir, sino convocar; no aislarse, sino caminar juntos. Amar entregando antes que exigiendo.

2.- Si aprendemos a mirar el Evangelio, vemos que Jesús entra en la historia en medio del entusiasmo, pero con signos evidentes de fragilidad. La gente aclama, extiende mantos, agita ramos. “¡Hosanna!”, dicen. Pero hemos contemplado —y eso duele— que esa misma multitud pocos días después, gritará otra cosa.

El corazón humano es así: capaz de entusiasmarse y de abandonar a los cuatro días. Capaz de aplaudir y de retirarse cuando la cosa se complica. 

Aquí sale a la luz la tentación de vivir con una fe con palmas de domingo de Ramos solamente. Una fe superficial, de momentos; que aplaude el domingo, pero no acompaña el lunes por la mañana. Una fe que celebra el Domingo de Ramos, pero no llega al Sábado Santo. Una fe de sentimientos o de días concretos, que se vive en solitario, a ratos, sin arraigo en una comunidad concreta que nos confronte y anime, sin rostro, sin historia compartida.

Por eso, si dejamos entrar a Jesús y lo aclamamos, surge una pregunta: ¿Dónde estamos nosotros en esta escena? ¿Somos de los que agitan ramos o de los que permanecen cuando todo se oscurece? ¿Somos una fe aislada o una fe que se sostiene en los otros, en la comunidad, en la Iglesia que camina entre las semanas santas de la historia?

Porque la liturgia hoy nos refleja: comenzamos con la entrada festiva y terminamos escuchando la Pasión. Del “Hosanna” pasamos al “Crucifícalo”. Y no es un cambio brusco sin sentido. Es la vida. Es la verdad de nuestro mundo. Es la verdad de nuestro corazón.

3.- Pero ante esa verdad Dios no se retira, sino que se entrega. La cruz no es un accidente, sino el lugar donde se nos revela quién es Dios de verdad. Y allí, en la cruz, descubrimos que Dios nos ama tanto que no se retira ante el rechazo, no se defiende, no responde con violencia. Permanece. Ama hasta el extremo.

Eso descoloca, porque nosotros, tantas veces, queremos un Dios fuerte a nuestra manera. Un Dios que resuelva, que imponga, que gane. Y Dios, en cambio, vence perdiendo. Salva entregándose. Reina desde el escandalo incomprensible de la cruz.

Esa lógica de Dios también nos invita a revisar nuestra manera de ser Iglesia y aprender a acoger a Cristo, no desde la eficacia aislada o el protagonismo de cada grupo, sino desde la comunión. Una Iglesia que no compite, que no se fragmenta, sino que aprende a vivir las pasiones juntos, a ver juntos el horizonte a donde ir, a ser realmente un solo cuerpo.

Y esa lógica de la cruz nos llama a escucharla en la realidad de nuestro mundo. La Pasión no se puede vivir lejos de las pasiones de nuestro mundo. Y precisamente por eso, hermanos, esta Semana Santa es también una llamada urgente a la paz y a mirar a nuestro mundo. Jesús entra en Jerusalén desarmado. No solo como un gesto humilde, sino como una propuesta para el mundo. Él inaugura un camino distinto: el de la paz que no se impone, sino que se construye; la paz que no nace del dominio, sino de la entrega.

Esta llamada resuena hoy con más fuerza que nunca. A la luz de la Pasión vemos un mundo herido. Sin embargo, quizá la raíz más profunda no sea solo la violencia visible, sino algo más silencioso: la pérdida de esperanza en el otro. Hemos dejado de creer que es posible encontrarnos, dialogar, construir juntos; desconfiamos de quien es distinto y, poco a poco, lo convertimos en amenaza. De la desconfianza nace el miedo, del miedo el rechazo, y del rechazo la violencia.

Por eso, la entrada de Jesús en Jerusalén es tan actual: Él entra desarmado, confiando, sin excluir a nadie, abriendo un camino donde el otro no es enemigo, sino hermano posible. Jesús se deja hacer en la Pasión porque se fía de nosotros. Y, así, ofrece esperanza y nos interpela: ¿qué mundo queremos construir y cómo lo hacemos?

Porque no hay seguimiento de Cristo sin compromiso con la paz. No basta rezarla. No basta desearla. Hay que trabajarla. Es necesario portar la palma y el ramo de la paz. Trabajar la paz en nuestras palabras, en nuestras relaciones, en nuestras comunidades y en nuestra Iglesia.

Y, entonces, este Domingo de Ramos se convierte en una invitación muy concreta.

Primero: dejar que Jesús entre. No solo en Jerusalén, sino en nuestra vida real. En nuestras decisiones, en nuestras heridas, en nuestras contradicciones. Dejarle entrar.

Segundo: caminar con Él. No quedarnos en el entusiasmo inicial, esperar al Viernes Santo, esperar al Sábado Santo para esperar la Pascua. La Semana Santa es un camino. Y solo quien camina con Jesús —también en la dificultad— descubre la profundidad de su amor. Y ese camino nunca es en solitario: es con otros, en comunidad, en una Iglesia que se acompaña, que se sostiene, que aprende a caminar unida.

Tercero: aprender de memoria su estilo. Un estilo que no busca imponerse, sino servir. Amar antes que pedir. Un amor que no aplasta, sino levanta.

Quizá hoy, con la palma en la mano, podríamos preguntarnos algo muy sencillo: ¿A qué tipo de rey quiero seguir?

Comenzamos la Semana Santa. Esto no es un recuerdo, es una invitación.

A no quedarnos en la orilla, a no ser espectadores, a no vivir una fe de paso. Sino a entrar con Él, a permanecer con Él y a dejarnos transformar por Él.

Porque solo quien atraviesa la cruz entiende de verdad la alegría de la Pascua.

Caminemos hacia la Pascua, con estas ramas en la mano y con el corazón abierto a lo que el Señor tiene que prepararnos.

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