Homilías

Lunes, 22 junio 2026 10:09

Homilía del cardenal José Cobo en la Misa de las ordenaciones de los diáconos permanentes (20-06-2026)

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Hay una frase que atraviesa todo el Evangelio que acabamos de escuchar: «No tengáis miedo». Jesús la repite tres veces. No es una casualidad. Jesús sabe que el miedo es una de las experiencias más universales del ser humano. El miedo nos hace replegarnos sobre nosotros mismos, proteger lo ya conocido o salir corriendo.

También la Iglesia puede verse tentada por el miedo: miedo a un mundo que cambia, miedo a perder relevancia, miedo a salir de las propias seguridades de lo que siempre hemos hecho.

Y, sin embargo, Jesús envía a sus discípulos precisamente en medio de ese mundo difícil y comprometido, que quiere y ama, y les dice: «No tengáis miedo».

No porque las dificultades vayan a desaparecer, sino porque el Evangelio nunca se sostiene sobre nuestras fuerzas, sino sobre la fidelidad de Dios que sueña y trabaja porque su Reino germine y crezca.

Quizá esta sea la primera palabra que hoy recibís los que vais a ser ordenados diáconos:

No tengáis miedo del mundo.

No tengáis miedo de servir.

No tengáis miedo de entregaros.

No tengáis miedo de gastar la vida en aquello que quizá no produce reconocimiento, pero sí fecundidad evangélica.

Porque el ministerio que vais a recibir nace precisamente ahí: en la confianza de que Dios sigue actuando en medio de su pueblo, que Dios sigue eligiéndonos y tocando los corazones de sus hijos para que su proyecto y su Reino vaya a término, actuando a través de nuestras fragilidades.

El Evangelio de hoy contiene también otra llamada importante. Jesús dice: «Lo que os digo de noche decidlo en pleno día; lo que escucháis al oído proclamadlo desde las azoteas».

La Iglesia solo puede anunciar aquello que primero ha escuchado. Antes de hablar hay que escuchar. Antes de enseñar hay que dejarse evangelizar. Antes de convertirse en mensajero hay que permanecer largo tiempo junto al Maestro y conocerlo bien.

Esta es una clave profunda para comprender el diaconado.

No sois hombres enviados a realizar tareas. Sois hombres llamados a vivir en escucha continua del Señor: Escucha de la Palabra. Escucha de la Iglesia. Escucha de los pobres. Escucha de las preguntas y sufrimientos de nuestra gente y nuestro tiempo.

El diácono, experto en vivir en medio de la vida, del trabajo y la familia, está llamado a ayudar a la comunidad cristiana a escuchar el latido concreto del mundo, y ayudar a que la comunidad se sitúe de forma misionera en medio de los lugares donde el Señor quiere llegar.

Por eso vuestra vocación posee una llamada especial y actual.

Vivís en medio de la vida ordinaria. No dejéis que el mal del clericalismo os contamine, tal y como decía el Papa Francisco tantas veces.

Vosotros tenéis el don de ser enviados a compartir las alegrías y preocupaciones de tantas familias. A conocer desde la fe el esfuerzo cotidiano del trabajo. Sabéis lo que significa educar hijos, afrontar incertidumbres, sostener relaciones, acompañar fragilidades.

Y, desde ahí, sois llamados a ser un puente: un puente entre la liturgia y la calle. Entre la celebración y la vida. Entre la comunidad que tiende a cerrarse y la Iglesia diocesana. Entre la comunidad cristiana y quienes permanecen más alejados de ella.

El diaconado permanente no es un sucedáneo al sacerdocio. Hoy vemos que es una vocación propia que manifiesta una dimensión esencial de la Iglesia. La Iglesia necesita diáconos no porque falten presbíteros, sino porque necesita recordar constantemente que su forma de existir es el servicio. Esa es vuestra misión: recordar a todos la primacía del servicio como forma de ser Iglesia.

La Iglesia del futuro necesitará ministros capaces de vivir en la frontera. Esa imagen de la frontera describe bien la vocación diaconal. No para instalarse en los márgenes, sino para conectar mundos que a veces parecen distantes.

Y el diaconado tiene un sentido profundamente comunitario. No puede vivirse aisladamente sino vinculado a la construcción de la Iglesia y en concreto de la comunidad cristiana.

Por eso el diaconado tiene algo profundamente sinodal. No porque ocupe un lugar intermedio entre unos y otros, sino porque está llamado a favorecer el encuentro y la vida de comunidad.

El diácono ayuda a que las personas se escuchen.

Ayuda a que la comunidad mire hacia fuera y no se repliegue en lo de siempre.

Ayuda a que los dones de todos encuentren cauces para ponerse al servicio de la misión común de la Iglesia.

Ayuda a que nadie quede excluido de la mesa común.

Y aquí encontramos una de las intuiciones más antiguas de este ministerio. Los primeros diáconos aparecen cuando la Iglesia descubre que algunas personas están quedando desatendidas. Desde el principio, por tanto, el diaconado está unido a la preocupación por quienes podrían quedar olvidados.

Por eso quisiera pediros algo que considero esencial: no perdáis nunca el vínculo con los pobres. Están unidos a vuestra vocación. No lo olvidéis. No como una actividad entre otras. No como una sensibilidad opcional, sino como una dimensión constitutiva de vuestro ministerio. Sin ellos no tenéis sentido.

Vinculados a ellos quedáis marcados para ayudar a que la comunidad vea donde otros no miran, escuche donde otros pasan de largo y descubra a Cristo donde el mundo solo percibe fragilidad.

Llevad la voz de los pobres a la Iglesia. Y llevad el rostro de la Iglesia a los pobres.

Ayudadnos a todos a recordar que la Eucaristía y la caridad pertenecen a la esencia de la Iglesia. Y que el Cuerpo de Cristo que adoramos en el altar es inseparable del cuerpo herido de tantos hermanos a los que sois enviados. Que la comunión sacramental exige una comunión real con quienes más sufren.

El diaconado permanente no se entiende plenamente sin la realidad familiar que acompaña vuestra vocación. No habéis llegado aquí solos. Detrás de cada vocación hay una historia, una comunidad que sostuvo la fe, una Iglesia que os ha amado, amigos que acompañaron el camino.

Y, de manera muy especial, vuestras esposas. La Iglesia es consciente de ello, por eso su consentimiento no es un simple requisito jurídico. Es el reconocimiento de que esta vocación ha sido discernida y acogida también en el seno de la familia.

El sacramento del matrimonio no queda al margen del diaconado; se convierte en uno de los lugares desde los que vuestro ministerio será vivido y sostenido. De modo que vuestra esposa no es una espectadora de la vocación diaconal, sino una compañera de camino que participa de la llamada recibida por la familia. De una forma distinta, pero real, también ella queda incorporada a esta misión de servicio. Vuestra vida matrimonial se convierte en uno de los dones que enriquecen a la Iglesia.

Queridas esposas, esta Iglesia de Madrid quiere daros hoy las gracias. Porque vuestra generosidad forma parte de esta celebración. Porque muchas veces habéis sostenido silenciosamente procesos de formación, preocupaciones pastorales y tareas apostólicas. Y porque seguís siendo un recordatorio de que toda vocación cristiana nace y crece dentro de una red de relaciones, nunca en solitario.

Dentro de unos momentos recibiréis el Evangelio entre vuestras manos. La Iglesia os dirá: «Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, enseña lo que has hecho fe en ti y cumple aquello que has enseñado».

Quizá ahí se encuentre la síntesis más hermosa del ministerio diaconal: Escuchar antes de anunciar. Creer antes de enseñar. Vivir antes de hablar.

Porque el mundo no necesita publicistas de lo religioso, sino testigos del Evangelio. Menos protagonismo y más servicio. Menos francotiradores y más gente que construya puentes y que viva la sinodalidad. Para eso estáis convocados.

El diácono es un recordatorio permanente de algo que nunca deberíamos olvidar: que la Iglesia se parece más a Jesucristo cuando sirve que cuando ocupa espacios; cuando lava los pies que cuando busca reconocimientos; cuando construye comunión que cuando se protege a sí misma.

Gracias por vuestro sí. Gracias por acoger este encargo que os hace la Iglesia.

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