En medio de la Navidad, de nuevo, la Palabra de Dios hoy nos lleva a la noche. No a una noche romántica o poética, sino a la noche real: cuando hay peligro, cuando no se entiende todo, cuando hay que salir deprisa.
En esa noche, a José se le dice una sola palabra; no un discurso, no una explicación larga. Una palabra sencilla y exigente: «Levántate». Es la palabra más repetida en el Evangelio de hoy. Y José se levanta. No pregunta, no negocia, no pide garantías. Se pone en camino con María y el Niño. La salvación comienza así: con alguien que, en medio de la noche, decide fiarse.
Hoy este “levántate” suena al venir juntos a clausurar y dar gracias por este año jubilar que hemos vivido en esta catedral, y al dejar que resuene en la fiesta de la Sagrada familia, profecía y esperanza de nuestro mundo.
Una sociedad encerrada en sí misma
Ese “levántate” ilumina de forma muy directa nuestra realidad. Vivimos en una sociedad cuyo rasgo decisivo es el ensimismamiento. Una ciudad que se mira a sí misma y, poco a poco, pierde el rostro del otro. El encierro que nace de aquí es profundo y despersonaliza.
A este encierro se suma otro: una cultura que analiza todo sin decidir nada. Sabemos hablar, argumentar, matizar. Abundan los discursos, los diagnósticos, los debates interminables. Pero hay escasez de pasos, de decisiones concretas, de compromisos reales. Hasta cuesta comprometerse en el matrimonio.
Hay todavía un tercer encierro, quizá el más doloroso: la normalización del descarte. Migrantes, pobres, personas frágiles, vidas rotas… todo convertido en cifras, en estadísticas, en problemas que hay que gestionar.
Escuchamos el Evangelio donde la familia de Nazaret es exiliada, donde recordamos cómo son obligados a ir a otro país, sin papeles, sin garantías, y aún seguimos cuestionando a los nuevos migrantes que llegan protegiendo la vida de sus familias. Nos olvidamos de las iniciativas de regularización o besamos al Niño que tuvo que migrar, y cuesta verlo en la realidad y tomar postura creyente ante los miles de familias que están migrando.
Como Herodes en el Evangelio, se termina protegiendo el sistema antes que la vida. Se cuida el equilibrio, la comodidad, la seguridad, el orden establecido, aunque eso cueste vidas concretas y exilio de familias.
La verdad es que el cansancio y la desesperanza ante esta realidad se instalan poco a poco en la vida. Un cansancio interior que adopta formas distintas —prudencia, miedo, comodidad, palabrería o indiferencia— y que, al final, nos deja sentados.
«Levántate»: el verbo decisivo
Por eso resuena con fuerza el verbo decisivo del Evangelio y del Jubileo: «Levántate». El Jubileo comenzó cuando alguien se pone en pie y deja de vivir a ras de la desesperanza. Ha sido un tiempo para levantarnos de lo que nos paraliza: miedos, rutinas, divisiones y cansancios.
José se levanta de noche. Dios también hoy nos llama a levantarnos cuando no todo está claro. La fe no elimina la noche, pero abre camino dentro de ella. Levantarse no es huir de la realidad, sino custodiar la vida allí donde Dios nos la confía. José escucha, discierne y actúa: pasa del corazón atento a las manos obedientes.
No basta escuchar: llega un momento en que la Palabra pide cuerpo, pasos, decisiones.
Para levantarnos, José nos enseña a discernir y actuar. Él enseña a pasar del corazón atento a las manos obedientes, pues la fe auténtica se mueve, protege a los vulnerables, incluso cuando eso implica exilio y precariedad.
Por eso hoy resuena para nosotros:
- Levántate del miedo que paraliza.
- Levántate para proteger la vida amenazada.
- Levántate para defender a los pobres y a los que Herodes aún persigue.
- Levántate para obedecer a Dios, aunque no lo entiendas todo.
- Levántate con tus hermanos, escúchalos y poneros en camino: Dios ya va delante.
1.- Qué es realmente la esperanza
Para levantarnos juntos el papa Francisco, hace un año, nos regaló una brisa fresca para afrontar este año jubilar. Su gran regalo ha sido el colocarnos juntos, en pie, como peregrinos de esperanza. Ese ha sido el lema y ha sido el eje de este año y la respuesta sinodal.
Así, damos gracias por haber vivido un Jubileo intenso. Más de dos millones de personas han pasado por esta catedral. Más de quinientas mil personas han participado en celebraciones jubilares, peregrinaciones, encuentros.
El Jubileo nos ha devuelto a lo esencial de la esperanza. Nos ha puesto en pie como peregrinos de esperanza proclamando juntos que Cristo es concreto, que sigue encarnado y presente en nuestra historia. Hemos caminado como pueblo, agradecidos no por los números, sino por los rostros, las historias y los desafíos compartidos. No hay Jubileo sin nombres ni caminos recorridos juntos.
2.- «Levántate» en la fiesta de la Sagrada Familia
No es casual que este Evangelio se proclame hoy en el contexto de la fiesta de la Sagrada Familia. Jesús entra en la historia a través de la familia desde la fragilidad: primero la precariedad de Belén, luego el éxodo y la migración. Jesús entra en nuestra historia huyendo, como tantos niños hoy. Así se nos revela el estilo de Dios: no salva desde el poder, sino desde la fragilidad custodiada.
La familia de Nazaret no se encierra: sale, confía y moviliza lo poco que tiene para proteger la vida. Ahí está la llamada y la luz para nuestra Iglesia, que es familia de familias.
En un mundo que encierra a las familias en la prisa, la soledad o la precariedad, la Sagrada Familia nos recuerda que la familia es lugar de esperanza cuando camina unida y se apoya en la confianza y no en el miedo.
La familia es santa no por ser perfecta, sino por permanecer fiel al camino abierto en Nazaret. Por eso el Jubileo nos invita también a acompañar, a aligerar cargas y a no dejar solas a las familias.
Sois una preciosa semilla de esperanza de lo que significa el amor, el cuidado, la vida real caminada unos con otros. Seguid iluminando. La familia es santa no porque sea perfecta, sino porque permanece fiel en este camino que abrió la de Nazaret.
Damos las gracias por la tarea de la delegación de familia de nuestra diócesis y por tantos trabajos trasversales con las otras delegaciones, con Cáritas y con tantos proyectos de apoyo a nuestras familias.
3.- La Iglesia, familia en éxodo
Este Evangelio nos invita también a reconocernos como Iglesia en éxodo, como familia de familias que camina. Somos la familia de familias que hoy agradecemos un año de gracia y la vida de nuestras familias.
El Evangelio termina con un regreso, pero no se vuelve igual. Nazaret ya no es el mismo después del camino y del exilio. Así es el Jubileo: salimos, cruzamos desiertos, aprendemos a confiar… y volvemos más humanos, más fraternos, más disponibles. No volvemos para instalarnos, sino para reconstruir.
El Jubileo no termina cuando se cierra una puerta: comienza cuando se abren caminos para todos. Esos son los caminos que hoy abrimos: Como José, en silencio. Como María, guardando esperanza. Como Jesús, creciendo en lo oculto.
Gracias, de corazón, por levantar. Gracias por ayudar a levantarnos. Gracias por compartir este precioso camino que tenemos por delante donde, como Iglesia, cada uno de nosotros y de nuestras familias tiene un lugar tan especial, que ya está en el corazón de Dios.
