Homilías

Viernes, 15 mayo 2026 19:39

Homilía del cardenal José Cobo en la Misa solemne en la Colegiata de San Isidro (15-05-2026)

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Homilía del cardenal José Cobo en la Misa solemne en la Colegiata de San Isidro (15-05-2026)

Queridos amigos de San Isidro.

Iniciamos este día de fiesta honrando a San Isidro Labrador en esta Colegiata, junto al cuerpo de nuestro santo Patrón. Y hay algo profundamente conmovedor al pensarlo: que un hombre humilde, sencillo, quizá venido de lejos y casi invisible para los poderosos de su tiempo, haya terminado ocupando el corazón espiritual de Madrid, ciudad de emperadores, artistas y genios. El último fue puesto en el primer lugar. Así actúa Dios. Así nos dice por dónde encontrarlo.

Porque San Isidro no pertenece solo al pasado. Su vida sigue hablando hoy a quien, como nos dirá el Papa León, alza la mirada y se atreve a ver más allá de los agobios y problemas de cada día. Hoy celebramos esta Eucaristía escuchando la misma Palabra de Dios que iluminó la vida del santo. La misma Palabra que sigue siendo capaz de tocar el corazón de esta ciudad y de cada uno de nosotros.

La primera lectura nos presenta un ideal que hoy parece casi imposible: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”. Y añade algo todavía más exigente: “Todo lo poseían en común”. Nadie pasaba necesidad.

Un solo corazón. Nadie abandonado.

Reconozcámoslo: vivimos tiempos de desigualdad y de polarización, de sospecha, de descalificación rápida del que piensa distinto. Pero el Evangelio nos hace alzar la mirada y nos describe una utopía ingenua. Describe lo que sucede cuando una comunidad descubre qué es verdaderamente lo esencial.

Frente a la “gran desvinculación” y la “sociedad del desasosiego” –que describen los informes Foessa de Cáritas– el Evangelio sigue afirmando algo revolucionario: es posible vivir unidos. Es posible construir comunidad. Es posible una sociedad donde nadie quede tirado en la cuneta. Y santos como San Isidro son la prueba viva de ello y sin instrumentos de Dios para que suceda.

Para nosotros, el centro que nos une es Cristo. Quien nos conduce es su Espíritu Santo, y la causa que nos impulsa es el Evangelio. Desde ahí podemos encontrarnos también con tantos hombres y mujeres de buena voluntad que trabajan por el bien común, por la justicia y por el cuidado de los más vulnerables.

Después de más de dos mil años de cristianismo, seguimos proclamando algo decisivo: vivir vinculados a Dios, a la familia, a los vecinos, a la creación; vivir vinculados no solo es posible, hoy es urgente.

Y aquí aparece la gran lección de San Isidro. Isidro unía una confianza inmensa en la providencia de Dios con una vida concreta de cuidado cotidiano. Cuidó de Santa María de la Cabeza y de su hijo Illán. Cuidó la tierra que trabajaba. Cuidó de los pobres, de los peregrinos y de los necesitados. Porque la santidad no consiste en escapar del mundo, sino en habitarlo de otra manera.

Madrid conserva la memoria de muchos de sus milagros. Y quizá uno de los más hermosos sea aquel que cuenta cómo, en tiempo de hambre, compartía en secreto el grano de su casa con quienes llamaban a su puerta. Y cuando parecía que ya no quedaba nada, el granero volvía a llenarse.

Pero el verdadero milagro no fue el trigo. El milagro fue un corazón sencillo incapaz de cerrarse al sufrimiento ajeno, incapaz de cerrarse a sus vecinos. Eso hace el amor cuando permanece unido a Dios: multiplica lo poco y convierte la escasez en esperanza.

Abrir las puertas, cuidarnos, vincularnos unos a otros… eso crea comunidad. Eso sostiene silenciosamente la vida de Madrid y de nuestros pueblos a través de tantas parroquias, familias y comunidades cristianas que abrazan la ciudad casi sin hacer ruido, pero nos da raíces a todos.

Jesús no llama a la unidad contra nadie. No quiere un grupo encerrado en sí mismo. Quiere que quienes viven de su savia sean semilla de reconciliación para todos. “Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos”. Jesús no habla de algo externo. No dice simplemente: “seguir mis enseñanzas”. Dice algo mucho más profundo: “Mi vida circula por vosotros, habita en vosotros”.

Y eso cambia completamente la perspectiva. La unidad no nace de un esfuerzo artificial por llevarnos bien. Nace de beber de la misma fuente. Esa fue la experiencia de San Isidro y la de todos los santos: permanecer en Dios.

La primera Iglesia no era una comunidad sin conflictos, los había y muy serios. Pero había algo más fuerte que sus diferencias: todos estaban arraigados en lo fundamental. Ni las opiniones personales ni los enfrentamientos tenían la última palabra. La tenía Cristo. Eso es exactamente lo que hoy necesitamos redescubrir y renovar.

Porque muchas divisiones y tensiones nacen de haber perdido el centro. Y cuando se pierde lo esencial, la vida acaba convirtiéndose en un campo de batalla. Cuando vivimos unidos a la vid –como hoy celebramos– el fruto aparece. Lo vemos en tantos espacios de fraternidad y vida que la Iglesia presenta hoy. Y Jesús lo dice con claridad: “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”.

¿Y cuál es ese fruto? No el éxito. No el prestigio. No imponerse sobre otros. El fruto es la paz. La paciencia. La humildad para reconocer errores. La capacidad de perdonar. La valentía de construir puentes. La fuerza serena de volver a empezar.

Quizá hoy, aquí, junto a San Isidro, se nos esté pidiendo precisamente eso: volver a la raíz y presentar tantas vidas silenciosas que ayudan a que esto suceda. Isidro no fue un hombre mediático, ni era un influencer. Tampoco tuvo grandes conflictos públicos ni buscó especiales protagonismos. Fue un hombre de unidad y coherencia profunda y silenciosa. Simplemente permanecía en Dios. Y, desde ahí, vivía todo lo demás: el trabajo, la familia, el ser buen vecino, el cuidado de la gente.

Jesús no nos pide primero resolver todos los problemas. Nos pide algo anterior: “permaneced en mí”. Si volvemos a Él, si dejamos que su Palabra nos purifique, si vivimos de verdad la Eucaristía y la reconciliación, su savia volverá a circular. Y donde había sequedad, volverá a brotar la vida.

Tal vez no veremos cambios espectaculares inmediatos, pero sí algo más profundo: corazones transformados capaces de transformar también la realidad y de enraizarnos con la realidad de Dios. Hoy aquí, junto a San Isidro, podemos hacer una petición muy sencilla y muy decisiva: “Señor, ayúdame a permanecer en Ti”.

No se trata de exigir unanimidad. Se trata de construir la unidad desde las raíces. No se trata de olvidar las heridas. Se trata de no dejar que tengan la última palabra.

Hermanos y hermanas, esta Colegiata de San Isidro nos invita hoy a enraizarnos en Cristo y, así, al diálogo, a la paz y a la reconciliación. Y esa será también la mejor manera de prepararnos para la próxima visita de nuestro querido Papa León a nuestra ciudad: levantando la mirada y rebajando el ruido.

Este es buen momento para disponernos por dentro a ese momento intenso de reunirnos alrededor de Cristo para acoger al sucesor de Pedro- Alzar la mirada, como Isidro hacía cada mañana. Y que quien nos vea pueda seguir diciendo aquello que asombraba a los primeros cristianos: “Mirad cómo se aman”.

Pidamos a San Isidro que interceda por nosotros y por nuestra Villa, por todos los que tienen alguna responsabilidad en ella, especialmente por quienes peor lo están pasando. Que nos enseñe a permanecer en Cristo. Que nos ayude a reencontrarnos como hermanos. Que haga de nuestra comunidad un signo de unidad y de Madrid una ciudad de acogida, diversidad y hospitalidad.

Y que él, que vivió en silencio pero con hondura, nos recuerde siempre dónde está la verdadera fuerza: en permanecer unidos a Cristo. Porque solo así daremos fruto. Y solo así ese fruto permanecerá.

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