«Mi corazón barruntaba que tenía que ser del Señor, pero no sabía en qué forma». Álvaro Simón tenía 7 años cuando tuvo una experiencia particular del amor de Dios. En su familia eran creyentes, pero no de Misa, con lo que la relación que el pequeño Álvaro entabló con Dios fue en el oratorio de su colegio, los escolapios de Zaragoza. «Allí me enseñaron a rezar», una fe que empezó a vivir más en el silencio de su corazón.
Recuerda su Primera Comunión, que vivió con mucha alegría. Los años pasaron y de aquella época «doy gracias al Señor que me permitió enamorarme de una chica». Pero «en mi corazón veía que era de Dios» y percibía que era posible concretar esa pertenencia en una vida sacerdotal. De hecho, «hice la carrera [Historia] sabiendo que tarde o temprano tenía que caer del guindo».

Entonces fue determinante el padre Laplana, un monje de Montserrat con el que Álvaro contactó a través de Facebook (imagen superior). El joven iba a verle a la abadía —esas «frikadas» que uno hace a veces, se ríe, igual que «por una chica eres capaz de hacer cualquier locura»— y estos encuentros marcaron «un antes y un después», porque se descubrió a sí mismo, descubrió la vida de oración y aprendió a «no tener miedo de mis sombras» y fragilidades.
En ese tejido de la historia de Álvaro, el Señor lo llevó, por un amigo común, a compartir vida con un sacerdote de Madrid y su sobrino (José Andrés y Enrique), que lo acogieron en su casa mientras estudiaba un máster en Historia de las Religiones en la Universidad Complutense de Madrid.

El dolor de la muerte de un padre
Fue en ese tiempo cuando se concretó su entrada en el Seminario Conciliar de Madrid. Era el curso 2019-2020. La primera generación del propedéutico y la de la pandemia. «En el verano del desconfinamiento, mi padre falleció por covid». «Pero me vio entrar en el seminario y me vio feliz». Unos comienzos «rocosos», aunque Álvaro seguía con el mismo amor a Jesús que a sus 7 años.
Ese sufrimiento que experimentó en carne propia «ha sido la asignatura que me ha preparado para acompañar el sufrimiento de los demás». Es como si pudiera decir «te entiendo y vamos a caminar juntos».

Los años de seminario le han ayudado a Álvaro «a aceptarme como soy y a procurar ser muy humano; entré muy perfeccionista, y he descubierto que porque soy imperfecto, puedo ser sacerdote». Además de aprender a convivir y de ver el paso de Dios por la vida, también ha descubierto «el peso de las mediaciones y de dejarte ayudar». Y asegura que el seminario no es tanto hacer como responder. A una llamada. A Dios.
Álvaro hace actualmente su etapa pastoral en la parroquia San Clemente Romano de Villaverde. Como diácono, le gustaría atreverse a «servir desde lo hondo del corazón hasta lo hondo del corazón del otro», sin temer el sufrimiento, ayudando a sanar desde «el buen humor y el acompañamiento». Y como sacerdote, querría, «desde mi pobreza, ser testigo de la presencia de Dios hoy, aquí, en este Madrid». Ser «un canto a la vida en Cristo», decir que «Dios te ama, sufre, vive, disfruta, te acompaña». Que «Jesús está vivo».

Visita del papa
Álvaro y su curso será los diáconos de León XIV. Se ordenarán a escasos días de la visita del papa, un «regalo». «Poder diaconar con el papa León» lo ve como un «signo de entregar la vida por la Iglesia», que es precisamente, concluye, lo que para él brilla en los sacerdotes.
