Bruno tiene 13 años, juega de mediocampista, es del Real Madrid y va a misa los domingos. Las cuatro cosas con la misma convicción y sin que ninguna le quite sitio a las otras.
Su padre quiso ser futbolista y se rompió el cruzado con 26 años; su madre le llevaba a misa antes incluso de que naciera. Bruno creció con un balón en una mano y una cruz en la otra, y no parece haber vivido eso como una contradicción sino como una herencia doble que agradece. «Desde pequeñito llevo yendo a misa», dice. «Estaban pegadas las dos cosas».
En el episodio del videopodcast 'Una Iglesia, mil Voces' cuenta, entre risas, que cuando las cosas se complican en el campo lleva un tiempo persignándose antes de jugar. La primera vez que lo hizo, ganaron. La segunda también. La tercera perdieron, pero ha seguido haciéndolo. Y cuando los exámenes aprietan, reúne a sus compañeros de clase antes de entrar y rezan juntos, a veces en portugués, porque su familia es brasileña y el idioma de casa mezcla las dos lenguas. Son gestos pequeños, casi domésticos, pero dicen mucho de cómo vive Bruno la fe: no como algo reservado para los domingos o para los momentos solemnes, sino como algo que se cuela en los nervios del examen y en los minutos previos al partido.
Que el papa León XIV pueda visitar el Santiago Bernabéu durante su estancia en Madrid es, para Bruno, la noticia dentro de la noticia. «Se mezcla la religión con el fútbol», dice, «y son las dos cosas que más tengo presentes en mi vida».
Uno de los momentos más interesantes del episodio es cuando se le pregunta cómo se las arregla para que no le importe lo que piensen sus compañeros sobre su fe. En un colegio católico, en un equipo de fútbol, entre amigos de su edad, dar testimonio no siempre es fácil. Pero Bruno lo tiene claro: «Lo llevo dentro. Si me gusta esto, me gusta y ya está. No me lo puedes cambiar.» Tiene un amigo ateo en clase con el que se lleva muy bien, y no ve ninguna contradicción en eso. «Si no cree y es amigo mío, que no se le puede hacer nada. Le queremos igual». Lo que sí identifica como el mayor obstáculo para que los chicos de su generación se acerquen a Dios es la presión del grupo. «Le dices que vas a misa y te dicen que es muy raro. Les cuesta por eso, por amigos que les dicen que no». Él, de momento, ha conseguido que en su entorno lo asuman como parte de quien es.
Cuando se le pregunta cómo imagina Madrid después de la visita del papa, su respuesta tiene algo de profética y mucho de adolescente: «Madrid va a ser un poquillo más santa. Van a ir más a misa. Seguro que esos días la misa va a estar más llena, porque hay gente que va a decir: viene el papa, tengo que ir a misa.» No lo dice con ironía sino con esperanza. Que la gente vaya, aunque sea por el empujón del acontecimiento le parece bien.
La pregunta del ascensor imaginario toma en el caso de Bruno un giro inesperado. No le preguntaría al papa nada sobre fe ni sobre la Iglesia. Le preguntaría cómo lleva la presión. «¿Qué presión es ser el más influyente de la Iglesia? No poder salir a la calle, que todo el mundo te reconozca...» Una pregunta que nace de la empatía de un chico que entiende lo que es sentir la presión del equipo, del grupo, de las expectativas. Y que en su lógica futbolística ve al papa como alguien que también juega bajo presión, partido tras partido, sin descanso.
El episodio cierra con el Padrenuestro, rezado por Bruno con sencillez y sin artificios, y con una añadidura final que lo dice todo: «Y que salga todo bien de que viene el papa. Y que la gente sea más santa. Amén».
