Cuando se acerca el primer viernes de mes a la ciudad de Madrid, esta sonríe distinto. Con el corazón emocionado y esperanzado, la catedral de la Santa María la Real de la Almudena acogió el pasado 1 de marzo una nueva vigilia Adoremus.
Tras la cena con bocatas en la plaza San Juan Pablo II, el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, presidió este momento de oración para adorar juntos al Señor. «¿Vivimos en la verdad o en la mentira?», preguntó, con el Evangelio en la mano, a todos los presentes. «Jesús, a partir de la imagen del ciego, nos dice que no puede guiar un ciego a otro ciego», y «nos invita a ser conscientes de nuestras propias cegueras». Con estas palabras, el prelado dejó patente que «hace falta que arreglemos primero nuestra vida antes de corregir y criticar a los otros».
«¿Soy luz o soy espejo de la luz?»
En este sentido, con la parábola de la mota en el ojo ajeno y la viga en el nuestro, «el Señor nos recuerda que solo aquel que es consciente y capaz de asumir sus propias limitaciones y defectos, es capaz de guiar a otros». Porque la mentira «estropea al otro», destacó el cardenal, «ya que le estoy exigiendo algo al otro que yo no soy capaz de vivir». Mientas que «la verdad me hace ver mis propios límites» y, a partir de ahí, «entender los límites de los demás». La verdad, incidió, «me hace descubrir que la perfección no está en ninguno de nosotros; la perfección absoluta está en Dios mismo, y se nos ha revelado en Jesucristo».
Poniendo el foco en esa «perfección absoluta» del ser humano, confesó que «ha querido mostrarse como hombre y pasear por este mundo con nosotros» para decirnos, con la autoridad del Maestro, «dónde tiene que estar la verdad de nuestra vida».
Asimismo, animó a todos los jóvenes a hacerse una pregunta trascendental: «¿Soy luz o soy espejo de la luz?». El que se cree que es luz, dijo, «se basta a sí mismo y no mira las manchas que puede tener en su vida». Por otra parte, reveló que «el que sabe que es espejo de la luz, sabe que no es perfecto; y ve, además, al mirarse en ese espejo, sus manchas y sus límites».
«Cada árbol se conoce por su fruto»
El arzobispo de Madrid los invitó también a interrogarse acerca de los frutos que dan, «porque cuando llevo en mi corazón odio, mentira, afán de poder o de lucro, jamás puedo liberar a nadie», porque «mi árbol no da frutos buenos». No se recoge la verdad de quien vive en la mentira, incidió, «y no se recoge la libertad del que no reconoce al otro como ser humano libre también». Y ahí, incidió, «esta el toque de atención que nos da el Señor: cada árbol se conoce por si fruto».
Antes de continuar con la celebración, alentó a los jóvenes madrileños a no guardarse nada para sí mismos para, así, cambiar esta tierra… «Solo el que lo da todo y lo dispone en concreto con alguien, cambia este mundo». Por tanto, «que así lo llevemos a cabo», concluyó, sin desfallecer en la tarea de ser discípulos suyos, «porque el Señor nos da la gracia y la fuerza para hacerlo».
