El pasado viernes, 4 de enero, el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, presidió la primera vigilia de oración con jóvenes de 2019 en la catedral de Santa María la Real de la Almudena. Renunciando al calor de sus hogares y al descanso del fin de semana, centenares de fieles desafiaron al frío de la capital y se reunieron, una vez más, para adorar juntos al Señor de la vida. Tenían motivos, y lo dejaron patente –primero, en la cena con bocatas; después, en la oración– con su presencia alegre, fortalecida y entusiasmada.
«El Señor ha venido a este mundo siendo un Niño, siendo pobre, para que entendamos quién es Dios, y para que descubramos qué caminos tenemos que seguir los hombres». Con estas palabras, el arzobispo de Madrid comenzaba una homilía repleta de una serie de detalles que, en todo momento, acercaban a los presentes al calor del pesebre. Así, con el Evangelio en el corazón y de la mano de los Reyes Magos de Oriente, animó a los jóvenes a proseguir sus tres caminos: «Vieron, ofrecieron y volvieron por otro camino».
La necesidad de ser «guiados y amados»
Vieron, sí, «porque hay un profundo deseo humano de ser amados, de ser queridos y de saber el camino que tenemos que tomar en nuestra vida», subrayó el purpurado. Los Magos de Oriente «representan a tantos y tantos hombres que, en cualquier parte de la tierra, están buscando».
Nosotros, destacó el cardenal, «podemos darle gracias al Señor», por «estar con nosotros y prolongar la presencia suya en Belén en el misterio de la Eucaristía». Gracias «porque Tú quieres seguir encontrándote con nosotros como te encontraste con los Magos en Belén». Esta noche, dijo, «vemos también nosotros lo mismo que los Magos: vemos la necesidad que está en nuestro corazón de ser guiados, de ser amados».
«Ni siquiera soy oro, no soy nada, soy poquita cosa, pero aquí estoy»
En segundo lugar, ofrecieron: «Los Reyes encontraron, como nosotros, a Jesús y le ofrecieron oro, incienso y mirra». El cardenal, a ejemplo de los Magos, animó a los jóvenes –«aunque sea por un instante»– a decirle al Señor: «Aquí estoy, ni siquiera soy oro, no soy nada, soy poquita cosa, pero aquí estoy; aquí me tienes esta noche, en mi pobreza, no tengo una riqueza especial en mi vida, pero aquí estamos, juntos, a los que has llamado, a los que les has hecho miembros de la Iglesia, a los que les has dado tu vida por el Bautismo; aquí nos tienes, Señor, como los Reyes de Oriente, y te ofrecemos todo lo que tenemos».
Y después de adorar al Niño, recordó el arzobispo madrileño, «le adoraron, cayeron de rodillas, le ofrecieron los regalos y, para que no volvieran a Herodes, se marcharon por otro camino».
«Dad la mano a todo ser humano»
El purpurado incidió en la belleza de «volver por otro camino», más allá del camino de los hombres que no nos gusta. «El Señor, cuando estamos ante Él, nos ofrece la posibilidad de ir por otro camino distinto: el camino de la amistad, del encuentro con todos, de la comunión, de la verdad, de la entrega, del servicio y de la fidelidad».
En este sentido, alentó a «dar la mano a todo ser humano» y, de esa manera, descubrir «el camino de tener las manos abiertas siempre para que otro pueda aferrarse a ellas, el camino de estar con los pies disponibles y en movimiento para ir allí donde haya una necesidad para cualquier ser humano y el camino de tener los ojos de Jesús, para ver a los demás como Jesús».
Finalmente, los incitó a hacer lo mismo que hicieron los Magos aquella noche, porque «todos los que estáis aquí –y también yo– necesitamos el abrazo de Dios».
