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Lunes, 08 julio 2019 11:15

Cardenal Osoro a los jóvenes: «Este año acogemos el Plan Diocesano Misionero y cuento con vosotros para anunciar a Jesús en Madrid»

«El Señor nos llama a la misión, a anunciar el Evangelio, a ponernos en camino». Con estas palabras, tan cargadas de vida y de pasión apostólica, el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, se dirigió el pasado viernes, 5 de julio, a los jóvenes presentes en la última vigilia de oración del curso. La catedral de Santa María la Real de la Almudena acogía, una noche más, esta plegaria acompasada con el canto y la presencia de un grupo de jóvenes deseosos de encontrarse con Aquel que renueva cada ápice de su vocación.

«A los lugares donde pensaba ir Él, nos envía a nosotros», destacó el purpurado. Con el deseo de que la juventud salga y se ponga en camino, recordó que «la mies es abundante» y «la necesidad de escuchar la Buena Noticia está en todos los lugares del mundo». Así, sin dejar a un lado las «dificultades» que supone recorrer ese camino, el arzobispo madrileño confió en los ojos de los presentes el inmarcesible amor de Dios: «Os manda como corderos en medio de lobos, pero la noticia que vais a dar es tan importante, tiene tal fuerza y tal densidad, que aunque haya muchos lobos, vosotros vais a salir adelante».

«Llevad mi paz a todos los hombres»

La catedral, en silencio, era testigo del milagro que, cada primer viernes de mes, se hace realidad allí. Como los primeros discípulos de Jesús, los jóvenes recibían un mandato del Maestro en la voz del arzobispo: «Llevad mi paz a todos los hombres; no os voy a dar ninguna cosa especial, os doy las herramientas de mi gracia, mi fuerza, mi amor, mi paz, mi entrega y mi servicio».

Y, en medio de la predicación, la penumbra comenzó a colmarse de luz; una luz especial que llegaba para anunciar algo grande: «Este año acogemos el Plan Diocesano Misionero (PDM), en el que quiero contar con vosotros para hacerlo, llevarlo a cabo y anunciar a Jesús en Madrid». Un deseo, una ilusión y una misión: «Anunciarlo en todos los rincones donde están los jóvenes y donde ellos viven», para «hacerles ver, con las herramientas que el Señor nos da, que es posible y urgente que acojan a Jesucristo». Y hacerlo, continuó el prelado, «en la familia, en los jóvenes, en su corazón y en medio del mundo, no con algaradas sino con las herramientas que Jesús nos da».

«Cristo no puede ser arrebatado»

Él «nos da la fuerza de superar todo aquello que envenena y amenaza la vida, a pesar del poder destructor del veneno que pueda existir y que mata al ser humano», subrayó. «La fuerza está en Jesucristo, a quien nosotros adoramos».

Con estas palabras, tatuadas a fuego en su corazón de apóstol, el cardenal incidió en que «Jesús aporta un matiz a la alegría de los discípulos que hoy nos la quiere dar a nosotros». Un matiz «importante» que recuerda que «toda verdadera alegría está en Cristo, y fuera de Él no puede haberla, pues ninguna alegría es auténtica si se apoya en cosas que pueden ser arrebatadas». Pero Cristo, insistió, «no puede ser arrebatado», pues «nuestra alegría se basa en una experiencia en la que esta noche tenemos aquí juntos: sentirnos amados por Dios para vivir con esperanza y alegría».

Con la mirada puesta en el PDM, el prelado reiteró que «los jóvenes evangelizan a otros jóvenes», y «tenemos que hacerlo con obras y no con palabras», pues «hay muchas realidades humanas en las que el Señor quiere hacer posible que venga la alegría, su alegría». Y Él «os ama y cuenta con vosotros», concluyó.

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