
La Universidad Eclesiástica San Dámaso acogió este lunes, 27 de mayo, la presentación del libro Martirologio matritense del siglo XX, impulsado y coordinado por el obispo auxiliar de Madrid, monseñor Juan Antonio Martínez Camino, SJ, y prologado por el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro.
«Se trata de un cántico elaborado con las vidas de los mártires, en un lenguaje no excluyente, porque el perdón reconcilia y trae la paz», tal y como destacó durante el acto el arzobispo madrileño. Para el purpurado, el libro es «un cántico cuya letra son las vidas de estas personas que han entregado la vida en circunstancias muy diversas».
«Este Martirologio es el libro de los vencedores»
Por su parte, monseñor Martínez Camino subrayó que «el martirio es la manifestación del poder de Dios, que se realiza siempre en la debilidad, igual que la Cruz de Cristo es la manifestación suprema del poder de Dios». Asimismo, «la Cruz es un poder que se ha manifestado en la persecución, que da la vida y vence la muerte que traen las ideologías que ensalzan el superhombre», recordó el prelado.
Las primeras beatificaciones de mártires de Madrid podrían llegar en cuatro o cinco años. «Por este motivo –continuó Martínez Camino–, este Martirologio es el libro de los vencedores, de aquellos que han vencido y que darán a la Iglesia del siglo XXI el poder sobre el Maligno y sus aliados. Ellos son el corazón de la Iglesia y son los que mueven el poder de Dios a través de ella».
«Testimonios del perdón redentor que cura las heridas»
Además, el archivero diocesano Andrés Martínez destacó que los integrantes del Martirologio «son mártires de la persecución religiosa, no víctimas de la Guerra Civil», porque «su muerte no se debe a motivos políticos». Se trataba de «sacerdotes sencillos que ejercían su ministerio en zonas obreras o pueblos de Madrid, ayudando a los fieles». Y todos ellos son «testimonio del perdón redentor que cura las heridas», porque «murieron perdonando».
La intervención principal de la presentación corrió a cargo del profesor Manuel Álvarez Tardío, catedrático de Historia del Pensamiento Político en la Universidad Rey Juan Carlos, que dio una explicación del contexto político que derivó en el asesinato de todos estos sacerdotes y religiosos, destacando que «lo que pasó sería inexplicable sin conocer el trasfondo de los años anteriores, y no se puede reducir simplemente a los acontecimientos inmediatos que dieron comienzo a la guerra».
De este modo, señaló que durante la Segunda República «faltó una visión de para qué sirve alcanzar el poder y de cuáles son los límites del poder. La comprensión de la democracia entonces era muy distinta a la de hoy. La izquierda republicana y obrera vio la Segunda República como una oportunidad para realizar una transformación radical de la sociedad española. Y aquí hay que insertar la cuestión religiosa».
«Cortar la cabeza al clero era algo que estaba en las canciones populares previas a la guerra»
Álvarez Tardío recordó que la Constitución de 1931 «no se planteó sin más separar la religión del Estado, sino que fue diseñada para constitucionalizar una revolución en el terreno de las conciencias». Los fundadores de la República «entendían la democracia como una revolución en la que la libertad religiosa y la libertad de conciencia eran un obstáculo. Querían una nueva España no condicionada por los poderes antiguos, entre ellos la Iglesia». A los católicos de aquellos años previos a la Guerra Civil, prosiguió, «les cayó encima el estigma de antirrepublicanos, y fueron combatidos con una violenta retórica verbal. Se les quiso extirpar de la vida pública, porque la izquierda juzgaba que querían destruir el sistema republicano».
Más adelante, en la primavera de 1936, la violencia verbal «dio paso a una violencia material contra los símbolos católicos y los edificios. Se llamó a las masas a realizar una limpieza ideológica y se identificó simplificadamente a los católicos con un determinado bando político», explicó el profesor Álvarez Tardío. Poco a poco, se asentó en la mentalidad popular que «acabar con los curas era un presupuesto para poner en marcha la revolución; cortar la cabeza al clero era algo que estaba en las canciones populares previas a la guerra», y todo esto en medio de una situación política insostenible en la que «el Estado de derecho se derrumbó y dio paso a un espectáculo criminal, en el que el orden jurídico y una seguridad básica estaban ausentes».
Ya iniciada la guerra, «matar a los curas fue signo de compromiso con la revolución. Y la violencia contra ellos fue, cuando menos, tolerada por las autoridades republicanas, socialistas, comunistas, alcaldes... No son asesinatos aleatorios y casuales, se investigó para localizarlos e ir a buscarlos», destacó Álvarez tardío, quien concluyó sentenciando que «el lenguaje de exclusión permite a los más extremistas ejercer la violencia con consecuencias trágicas».
