En el día en que la Iglesia celebra la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, la archidiócesis de Madrid ha rezado por sus obispos ya fallecidos. En la Colegiata de San Isidro, el cardenal José Cobo ha rezado un responso. Allí están sepultados monseñor Narciso Martínez Izquierdo, primer obispo de Madrid; monseñor Leopoldo Eijo y Garay; monseñor Casimiro Morcillo, primer arzobispo; el cardenal Vicente Enrique y Tarancón; monseñor Ángel Morta, monseñor Ricardo Blanco y monseñor Alberto Iniesta, que fueron obispos auxiliares.
Posteriormente, ha presidido una Eucaristía en la Catedral de la Almudena, donde está sepultado el cardenal Ángel Suquía, así como los obispos auxiliares, monseñor Eugenio Romero Pose y monseñor José Antonio Álvarez, sepultados en la Cripta. Una celebración en la que el arzobispo de Madrid ha iniciado su homilía recordando que «hay personas que siguen formando parte de nuestra vida mucho después de haber muerto», a través de sus palabras, gestos, manera de mirar el mundo y de afrontar las dificultades.

Agradecer a quienes nos precedieron
En palabras del cardenal Cobo, «muchos de nosotros somos hoy lo que somos gracias a quienes nos precedieron. De ellos recibimos la vida, aprendimos a querer, a confiar y, tantas veces, también a creer». Son difuntos que traen «nombres y rostros concretos, historias compartidas, personas cuya ausencia seguimos sintiendo». Un día en el que se recuerda a todos los fieles difuntos, «también de aquellos a quienes ya nadie recuerda. De quienes vivieron mucho antes que nosotros, de quienes no conocemos sus nombres ni sus historias. Personas que trabajaron, amaron, sufrieron, creyeron y esperaron como nosotros. Muchas hicieron posible, sin saberlo, la vida que hoy tenemos».
Recordar a cristianos de quienes «recibimos el fruto de su fe», afirmó el arzobispo. Y hacerlo sabiendo que «la memoria de Dios llega mucho más lejos que nuestra memoria», dado que «Dios conoce a todos. Y ninguno de sus hijos queda olvidado para Él». Hacerlo como Iglesia, que como recordó el cardenal Cobo, no comienza con nosotros, sino que «la hemos recibido de generaciones de creyentes que nos transmitieron la fe, levantaron comunidades, sostuvieron la esperanza en momentos difíciles y abrieron caminos para que el Evangelio llegara hasta nosotros».
Una celebración para dar gracias a Dios por los obispos de Madrid, pero también por «tantos sacerdotes, consagrados y consagradas, familias y fieles anónimos que fueron tejiendo la vida de nuestra diócesis», afirmó el cardenal, que subrayó la importancia de la diversidad de ministerios en la Iglesia. Desde ahí reflexionó sobre la relación entre el pastor y su pueblo, las decisiones, predicación e iniciativas del obispo, al que el pueblo de Dios va haciendo. De hecho, «un obispo aprende a ser pastor escuchando a su gente, compartiendo sus dificultades, dejándose interpelar por los pobres, por las familias, por los sacerdotes y por quienes sufren. A veces es la gente buena quien le enseña a mirar mejor el Evangelio y le da el valor necesario para responder a situaciones difíciles».

Recibir la vida como don y transmitirla
El arzobispo de Madrid invitó a dar gracias «por nuestros obispos, pero también por las comunidades que los acompañaron, rezaron por ellos y les ayudaron a descubrir lo que Dios les pedía». También ha llamado a ir más allá de personas o momentos concretos, dado que «la Iglesia no nos pertenece, sino que nos precede y camina como pueblo hacia la Vida Plena. La recibimos como un don y estamos llamados a entregarla a quienes vendrán después».
Una celebración que, en palabras del cardenal Cobo, nos cuestiona: «¿Cómo y hacia dónde caminamos ahora? ¿Qué queda de tanto amor, de tantos esfuerzos, de tantas esperanzas y también de tantos sufrimientos?» Desde ahí, decía, a la luz del Evangelio de Juan, que «Jesús no nos dice simplemente que nuestros difuntos seguirán vivos mientras alguien los recuerde. Nos anuncia que la vida de quienes se confían a Él está en manos del Padre y que la muerte no tiene la última palabra».
Y es que creemos en «un Dios que acoge, que no se cansa de buscarnos y que no quiere perder a ninguno de sus hijos», que, aunque nosotros podamos olvidar nombres, recuerdos, «Dios no olvida. Conoce las historias, las luchas, el amor entregado y también lo que quedó inacabado en cada vida». De hecho, «conocemos este misterio porque Jesucristo, el resucitado, nos lo ha revelado. Así nuestra esperanza está en Él: ha atravesado la muerte y nos ha abierto un camino que nosotros no podíamos abrir por nuestras propias fuerzas», enfatizó el cardenal Cobo.
«Esta sabiduría no elimina el dolor de la separación», afirmó el arzobispo, que recordó las lágrimas de Jesús en la tumba de Lázaro. De hecho, «la fe no nos pide disimular esas lágrimas ni encontrar respuestas fáciles para todo lo que nos duele. Nos invita a vivirlo sostenidos por la confianza en aquel que nos ha prometido la vida». Una promesa que nos permite comprender que «nuestros difuntos, desde Cristo resucitado, quedan cerca de nosotros. Seguimos unidos a ellos en Cristo», señaló.

Implorar el perdón y la misericordia de Dios
Para el cardenal Cobo, «la comunidad que hoy vemos es solo una parte de esa Iglesia más grande que peregrina hacia Dios. La Eucaristía es un momento especial en el que celebramos esa cercanía y nos unimos a toda la Iglesia, también a quienes nos han precedido en el camino hacia Dios». Un motivo para rezar con gratitud y humildad por los difuntos, por el bien que hicieron y los frutos de su ministerio. También para implorar el perdón y la misericordia de Dios, para poner «sus vidas enteras en las manos del Padre», el bien realizado y las limitaciones.
Rezar por los difuntos es «una manera de seguir amándolos», de «confiarlos al amor de Dios». Y es que «nuestros difuntos no solo nos ayudan a recordar el pasado; también nos enseñan a mirar de otra manera el presente y el futuro». El arzobispo preguntó qué agradecemos de quienes nos educaron o nos enseñaron a rezar, y también los frutos dejados por los obispos: «una vocación que ayudó a madurar, una comunidad que encontró aliento, un sacerdote que pudo continuar gracias a su cercanía o personas que descubrieron algo del rostro de Dios a través de su ministerio».
A partir de los frutos recibidos de otros, cuestionó: «¿qué estamos sembrando nosotros en la Iglesia que hemos recibido?» Una Iglesia de Madrid con nuevos desafíos, a los que responder para que fructifique la fe recibida, como mejor modo de agradecer, dado que «ninguna generación puede limitarse a conservar lo que encontró ni pretender empezar de nuevo como si antes no hubiera existido nada. Es la fidelidad de Dios la que sostiene la historia de nuestra Iglesia y sigue acompañando a su pueblo», subrayó el cardenal.
Una celebración para dar gracias «por quienes nos precedieron, por nuestros obispos y por todos los fieles difuntos que han tejido la vida de esta Iglesia. Por aquellos cuyos nombres permanecen entre nosotros y por tantos otros que ya nadie recuerda. Todos están presentes en nuestra oración, porque todos tienen un lugar en el corazón de Dios». Para ellos pidió al Señor «que los acoja en su misericordia y les conceda participar plenamente de la vida que Cristo nos ha prometido», y que nosotros «sepamos recibir con gratitud lo que otros nos entregaron y cuidar esta Iglesia que un día tendremos que dejar en otras manos». Hacerlo sabiendo que «los que nos precedieron no han quedado fuera de nuestra historia. Siguen perteneciendo a esta Iglesia que camina hacia el encuentro definitivo con el Señor».
