En Madrid, las tradiciones populares y la religiosidad se mezclan. Una prueba más de ello ha sido la fiesta de Santa María de la Cabeza, que se celebraba este 9 de septiembre en la Colegiata de San Isidro. Una oportunidad para contemplar a la esposa de San Isidro «como modelo y ejemplo actual de vida cristiana», en palabras de Jorge Matas, teniente de Hermano Mayor-Presidente de la Real, Muy Ilustre y Primitiva Congregación de san Isidro de naturales de Madrid, que al inicio de la Eucaristía hacía un semblante de la vida de la santa.
Una mujer santa
Estamos ante la figura de «una mujer santa, humilde, trabajadora, buena esposa y madre de familia, virtuosa, devota, y, tras el milagro de la vuelta a la vida de su hijo Illán que cayó a un pozo, contemplativa en la oración, casi ermitaña al cuidado permanente de la Ermita de la Virgen de Torrelaguna», recordó. Sus reliquias, presentes en la celebración y veneradas al final de esta, se conservan desde 1769 en el retablo del altar mayor de la Colegiata de San Isidro, al lado del cuerpo incorrupto de su esposo.

Una celebración para «hacer eco de cada una de las palabras que hemos escuchado, un eco que es nuestra oración, un eco que es nuestra vida, un eco que se traduce en cada una de las palabras de hoy, que Dios nos ha regalado a través de esta Santa Liturgia», decía el presidente de la celebración y párroco de la Colegiata de San Isidro, Pedro Muñoz. A la luz del texto de las Bienaventuranzas, reflexionaba sobre las calumnias y murmuraciones contra Santa María de la Cabeza acusándola de no ser fiel o de malgastar el tiempo en la ermita de Nuestra Señora de la Piedad, y como el propio San Isidro, entristecido pero confiado, vio con sus propios ojos que eso no era así, al ver a la santa cruzar las aguas enfurecidas del río Jarama sobre su mantilla, entre destellos de luz.
Una escena en que las dijo ver presentes las palabras de San Agustín, que «enseñaba frecuentemente que el agua embravecida representa las tribulaciones del mundo, los problemas de la vida cotidiana, las sabidurías y las dificultades de la convivencia». Recordaba las palabras del obispo de Hipona, que decía que «si Cristo está en tu alma, no temas a la tempestad», algo que en el caso de Santa María de la Cabeza la levó a atravesar las aguas del Jarama «porque su corazón, su vida entera, descansaba segura en Dios».
Santidad de vida y oración confiada
Una idea también presente en el pensamiento de San Juan Crisóstomo, que afirmaba que «la oración es el puerto para los que sufren la tempestad», una realidad presente en la gente humilde y sencilla que cada día sube al camarín donde se conservan las reliquias de la santa junto al cuerpo incorrupto de San Isidro. Eso porque «la calumnia no se vence con venganza y gritos, sino con la santidad de la vida y con la oración confiada», algo presente en «una santa mujer que sólo vivía para amar a Dios, a su esposo y a los más necesitados».
En un Madrid, «en el que también nosotros atravesamos a menudo ríos turbulentos, pongamos nuestra vida, nuestras preocupaciones de familia, cansancios en el trabajo, divisiones o pruebas diversas en esta mujer, mujer santa, mujer fuerte, mujer confiada en el amor de Dios, que nos grita en silencio: no estáis solos, yo estoy ahí», subrayó Pedro Muñoz.

Fe para cruzar cualquier dificultad
Desde ahí, llamó a que la devoción a Santa María de la Cabeza no se quede solo en lo externo de la celebración, sino que «aprendamos de ella a hacer un hogar, una iglesia doméstica. Esa es la iglesia que quiere Cristo para el mundo y para nuestra ciudad, donde la fe sea cimiento, donde se perdone con prontitud, donde el esposo y la esposa se apoyen mutuamente en el camino de la santidad». Y que, por intercesión de ella, «nos alcance de Dios una fe capaz de cruzar cualquier río, cualquier dificultad».
Una fiesta que contó con la presencia de diversas hermandades y grupos tradicionales, en la que se recuerda a una santa singular, pues ya en el siglo XII, su figura cobró una importancia poco común entre las mujeres de la época. Un matrimonio de santos que con su vida comprometida con el evangelio llegaron a la santidad en lo cotidiano, y pueden ser un ejemplo actual como referencia de vida.
