Javier lleva tres años de sacerdote y fue durante un tiempo el presbítero más joven de España. Eso le ha traído entrevistas en la SER y en la COPE, el cariño especialmente cercano de los feligreses y alguna que otra situación incómoda, como los retiros en que alguna persona de mediana edad no se animaba a confesarse con alguien que podía ser su hijo. Lo lleva con humor. Con 24 años ya sabía que el sacerdocio no iba a ser sencillo, pero también que era lo suyo.
La figura del Papa ha marcado su vida en tres momentos concretos que él mismo enumera como hitos. El primero: siendo niño, vio llorar a su madre por la muerte de Juan Pablo II. Tenía 6-7 años y no necesitó que nadie le explicara lo que significaba el Papa para entenderlo. Bastó con ver el rostro de la persona que más quería. El segundo: la JMJ de Benedicto XVI en Madrid, en 2011. Era un crío, pero pudo ir con un grupo de chicos, durmió en Cuatro Vientos bajo la lluvia y los mensajes del Papa, aunque difíciles de entender para su edad, le resultaron estimulantes y dejaron un poso en su vocación. El tercero llegaría ya en el seminario, y es la historia más emocionante.
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Siendo seminarista en Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona), su formador fue Juan Antonio Gil Tamayo, hermano del obispo de Granada. Un hombre que «sonreía mucho», que tenía el don de acoger a los nuevos y hacer que todo fuera más ligero. «Con 17 años entrar en el Seminario suena todo como a Hogwarts…», dice Javier. «Y en cambio con él era alegre y divertido.» Cuando Juan Antonio enfermó de cáncer de pulmón, el Papa Francisco le llamaba personalmente para preguntarle cómo estaba. En una audiencia de los miércoles en Roma, Javier consiguió darle la mano al Papa. Tenía pensado lo que iba a decirle: «Santo Padre, nosotros somos de los de don Juan Antonio Gil Tamayo.» El Papa supo inmediatamente de quién hablaba. Sabía que había fallecido. «Que el Papa se acordara de él me dio a entender la magnitud de lo que era mi formador», dice Javier. «Era una persona de la que el Santo Padre se acordaba».
Hay otro referente en la vida de Javier que aparece en el episodio con la misma naturalidad que el Papa: Rafa Nadal. Fan confeso, casi devoto. Ha visto la final de Wimbledon de 2008 entre Nadal y Federer más veces que Gladiator, y eso que son cinco horas de partido. Cuando estudió moral en el seminario llegó a preguntarle al profesor si Rafa Nadal podía considerarse un referente en virtudes. El profesor señaló un anuncio de calzoncillos con Shakira y le respondió que si ese era su referente. Javier lo cuenta entre risas, pero con convicción: Nadal le ha dado algo que necesita en su labor sacerdotal, la capacidad de hablar con cualquiera, de socializar, de entender el mundo de la gente que tiene delante.
Pero cuando se le pide que distinga entre Nadal como referente y el Papa como referente, la respuesta es precisa y teológicamente sólida: Nadal es un referente en virtudes humanas naturales, en el esfuerzo y la épica. El Papa da ese salto de la gracia, lo sobrenatural. «Rafa está muy bien, pero el Papa es otro nivel». Y añade algo que lleva tiempo pensando: que la figura del Papa le enseña a amar de una manera que va más allá de lo afectivo. El Papa no le conoce a él. Él sí conoce al Papa. Y sin embargo siente una proximidad que no sabe muy bien cómo explicar excepto llamándola por su nombre teológico: amor teologal. «Es único», dice. «Cuando uno se para y lo piensa, dice: la figura del Papa es única».
En el ascensor imaginario con León XIV, Javier iría a lo personal. Le preguntaría qué espera de un sacerdote joven, o que le diera algún consejo para crecer en oración y en amor a Jesús. Y luego, si hubiera tiempo, le retaría al tenis. Lo dice en serio. Sabe que el Papa León es aficionado y le gustaría jugar un partido con él. «Si escucha esto espero que lo vea y me diga de hacer algo de sparring».
El episodio cierra con una oración: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de estos hijos de la Diócesis de Madrid. Que sintamos la paternidad de Dios de modo directo en nuestro arzobispo Don José. Pero que vivamos como un momento de gracia, de verdadera maestría y engendrarnos en la fe. La visita de nuestro Santo Padre, el Papa León. Y se lo pido por intercesión de la Bienaventurada Virgen María. Omnes cum Petro. A Jesús. Por María. Amén. Gracias».
