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Miércoles, 15 abril 2026 08:00

José, catequista, ante la visita del papa León XIV: «Dios está en la calle, y ahí tiene que estar la Iglesia»

José, catequista, ante la visita del papa León XIV: «Dios está en la calle, y ahí tiene que estar la Iglesia»

José tiene 59 años, trabaja en mantenimiento en uno de los hoteles más prestigiosos de Madrid y lleva más de veinte años como catequista en su parroquia. No es el catequista de los niños aplicados ni de las familias bien situadas. Es el catequista de los que llegan porque su madre les ha traído a empujones, de los que dicen que esto es una pérdida de tiempo, de los que vienen de familias desestructuradas, de los migrantes a los que nadie llama por su nombre sino por su nacionalidad. «Este es el peruano», dice, imitando la etiqueta fácil. «No. Este es Matías, tiene tal hermana, estudia esto, le duele aquello.» Ese cambio de mirada, de la categoría a la persona, es lo que él considera el núcleo de todo lo que hace.

Su propio camino hacia la fe no tuvo nada de dramático ni de místico, y lo cuenta sin adornos. De pequeño iba a misa porque en su casa se iba, sin más convicción que la que le ponían sus padres. En la adolescencia se escaldó un poco y se distanció. Pero nunca se fue del todo. «Te sales, pero no», dice. La vuelta definitiva llegó de la mano de un sacerdote que le fue trabajando con paciencia hasta que José se dio cuenta de que llevaba tiempo metido de Dios hasta las orejas sin haberlo decidido de golpe. «Es de paso a paso y cuando te quieres dar cuenta estás ahí» Y añade algo que dice mucho sobre cómo vive la fe: cuando en algún momento se ha apartado, lo que siente no es culpa sino ausencia. «Algo me falta. No sé lo que es, pero algo me falta».

«No hay nadie que no sea absolutamente maravilloso para Dios»

José reconoce que es probablemente el catequista que más gruñe y más riñe a los niños. Y sin embargo se le pegan. Porque, explica, lo que estos chavales necesitan no es que les den el catecismo, sino que alguien les dé una oportunidad. «Están acostumbrados a que nadie se la dé.» Su método no es enseñarles que el mundo es de color de rosa. Es decirles la verdad: la calle es dura, hay drogas, hay violencia, hay miseria. «Y también está Dios en la calle. Ahora decide tú dónde te quieres agarrar». No como ultimátum sino como oferta.

Trabaja cada día rodeado de huéspedes del 0,1% más rico del mundo y pasa sus tardes libres con el 0,1% más vulnerable. A alguien podría parecerle una contradicción. A él no. «La manera de ser de la gente no cambia con el dinero», dice. «El que es buena persona lo es con y sin dinero. Y el que es idiota, igual.» Y añade, con la misma naturalidad, que hay gente entre los ricos que entra a su habitación y da las gracias, y gente que ni mira. El dinero no es el criterio. La mirada sí.

Lo que le gustaría que el papa León XIV dijera en Madrid, pensando en sus chavales, es sencillo y enorme al mismo tiempo: «Que no hay nadie, por malo que sea, que no sea absolutamente maravilloso para Dios». Y que la Iglesia salga de los despachos. «Dios está en la calle. Y es donde hay que estar, tanto el clero como los seglares». No como eslogan sino como convicción ganada a base de años de ver lo que pasa cuando alguien lleva a Dios a donde nadie le espera.

Sobre el papa León XIV, José reconoce que es pronto para valorar. Tiene expectación. Pero sí tiene claro que la Iglesia necesita lo que él llama un buen asesor de imagen y muestre que la Iglesia es otra cosa, más plural, más joven, más de calle. Y sonríe cuando recuerda que en su parroquia hay un catequista con tatuajes por las piernas que entró a rezar laudes en un monasterio de clausura y las monjas pusieron los ojos como platos. «Luego, cuando te quitan el envoltorio, ya te quieren con delirio».

«Normalizar el trato con el Papa es fundamental»

La pregunta del ascensor le produce la respuesta más desarmantemente normal de todo el videopodcast. Le preguntaría a qué piso va. Le daría los buenos días. Le daría la bienvenida. «Normalizar el trato con el Papa es fundamental», dice. «Si lo tienes en una urna de cristal, queda muy bonito, pero no se mancha de polvo y no palpas». Y luego añade, con esa mezcla de humor y teología que le caracteriza, que el Papa es «el encargado del negocio que ha puesto el de arriba».

El episodio cierra con una oración breve, directa, sin artificios: «Señor, tus hijos esperamos algo más de ti siempre. Y sabemos que nos lo das. Lo que ocurre es que muchas veces nos ciega tu luz y no vemos lo que quieres. Ayúdanos con la visita del Papa a encontrar ese camino que la sociedad y el mundo necesitan. Gracias, Padre. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén».

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