Encontramos a Pedro Sabe, sacerdote de Madrid, director del Archivo Diocesano y adscrito en la parroquia San Cristóbal y San Rafael, organizando enchufes para sustituir los viejos. Estamos en el Santuario de Nuestra Señora del Henar (Cuéllar, Segovia), donde este verano Repara mi Iglesia (con sede en la parroquia) lleva a cabo su séptima edición.
«A mí siempre me ha gustado el tema de los arreglos, de las chapuzas». Era el típico niño que desmontaba cosas para volverlas a montar y que se familiarizó con el uso de las herramientas a base de insistir e insistir.
En 2020, en plena pandemia y estando en la parroquia Nuestra Señora del Buen Suceso, una feligresa, Valle, le planteó ir a Alcoba de la Torre (Soria), donde ella tenía una hermana, cuya iglesia estaba muy deteriorada. «Y hacemos algunas reparaciones».

Así, al llamado de Jesús a san Francisco, nació Repara mi Iglesia. Desde entonces han ido a Chelva (Valencia), a Alameda del Valle (Madrid) y al monasterio de Valdediós (Asturias); en algunos casos han sido dos años seguidos, aunque la idea es ir cambiando, allá donde les llamen.
Han hecho de todo: solucionar humedades picando paredes o haciendo zanjas para drenar, tapizar reclinatorios, renovar revocos, pintar claustros, acuchillar maderas… En Alameda del Valle construyeron un camino de once metros hasta la entrada de la iglesia, en hormigón con desagüe y recubierto de losetas de gres, para que los feligreses, «y las novias en las bodas», no se llenaran de polvo o de barro en el caso de lluvia.
Este 2026, Jesús Vidal, obispo de Segovia, le pidió a Pedro acudir al Santuario del Henar, donde han pintado el coro del templo y están culminando un proceso de acondicionamiento de lo que llaman La Galletera, el edificio destinado al internado cuando en el santuario estaban los carmelitas. Además, han repasado enchufes, griferías y pintado el muro y las vallas exteriores.

Perfeccionando con los años
Repara mi Iglesia acude a donde les llamen con el objetivo de «hacer lo que nos pidan que hagamos», con dos criterios: realizar las tareas con seguridad y llevarlo a cabo sin agobios. El primer año les pasó factura porque «trabajamos de más». Ahora, han aprendido a regular.
También son realistas. «Hay cosas que de entrada no sabemos pero sé que vamos a saber, y otras que no sabemos y sé que no vamos a saber». Es un ejercicio, añade Pedro, de «distinguir lo que es posible, aunque sea ambicioso, de lo que es imposible». Asumen «los retos que nos parece que podemos asumir» y donde no llegan, se lo dejan a los profesionales.
Espíritu de trabajo y de servicio
Repara busca «espíritu de trabajo y de servicio» y, por supuesto, «que disfrutemos». Porque esto no sería nada sin la gente que lo forma. Desde hace un año se constituyó como asociación, y de ahí que ahora tenga, entre otros, una junta directiva. Pero son muchos los que pasan cada año por los proyectos, y muchos los que repiten.
En esta edición, la más joven es Sofía, de 16 años, y el más mayor Pedro, de 83. La hora del ángelus les pilla en pleno almuerzo, un avituallamiento en toda regla con pasta incluida porque las fuerzas se gastan, y más con los calores, que aun rozando con Valladolid se nota el sol.
Sofía está contenta, «si no, en Madrid estaría sin hacer nada». Es su primer año y ha ido con cuatro primos. Lo que más le cuesta es levantarse por la mañana, pero, apunta su prima Lucia (20 años), «todo lo demás es guay». Para María (21 años), «cada vez es mejor, vamos cogiendo técnica». Que se lo digan a Sofía, que solo cogió la brocha una vez en su vida, «para pintar una pared en casa».

Su tía Purita (imagen principal, junto a Begoña), de 47 años, hace de aglutinadora de los primos. Purita es de los comienzos. Conoció a Pedro un día que se fue a confesar a Buen Suceso y al terminar él la invitó a Repara.
—¿Por qué vuelves cada año?
—Porque reparas y te reparas.
El año pasado, en Valdediós, el Señor le tocó el corazón y esta profesora universitaria de música, después de un profundo discernimiento, entrará a la vuelta del verano a formar parte de la Comunidad de la Presencia del Señor, que actualmente cuida el monasterio y atiende a los que buscan a Dios.
Purita se refiere al ambiente familiar, de especial cercanía, entre los voluntarios. Que aquí hay un algo más. «Esto es una reparación interior, por el ambiente». Lo expresa Begoña, también de las originarias. «Sufres mucho», pero ella siente que el Señor le dice «no te acomodes» y, además, «tengo tan claro por qué estoy aquí», y le brota del corazón dirigirse directamente a Dios: «Por ti, por tu reino, por la gente».

A Repara han ido familias con hijos, viudos, solteros… «Han salido dos parejas de novios», comenta Begoña. Es que hay todo de convivencia en estos días. Jorge, otro de los voluntarios, resalta el que uno se pueda encontrar con gente con la que «puedes hablar de lo que quieras».
La esclerosis múltiple de Jorgé debutó cuando él tenía 21 años. Los médicos le dieron tres años de vida, pero aquí sigue, a sus 57, algo que él atribuye a la intervención directa de san Juan Pablo II en aquella visita al seminario del año 93, en la que le impuso la manos y rezó.
Esta es la primera vez que acude a una edición de Repara. «Me lo estoy pasando como los indios; estoy feliz».
—¿Vas a volver?
—Sí, seguro, de cabeza. Hago reír a la gente.

Trabajo en equipo y oración
Repara es, además de convivencia, un trabajo en equipo, y ahí vemos a Pedro, el mayor del grupo, sujetando los rieles de los paneles de pladur mientras Rodrigo, uno de los jóvenes, atornilla.
Pedro enviudó hace 8 años y acusa mucho la soledad. Canta en el coro de la parroquia Nuestra Señora de la Paz, en la Misa de 12:00 de los domingos, y este es su segundo año en Repara. «Esto ha sido para mí una maravilla», él que se ha pasado toda la vida en una notaría, entre papeles, «pero esto es una satisfacción enorme; yo hago todo lo que puedo, lo único que no me dejan es subir a la escalera».
Y, al final, todo se resume en una palabra: más que equipo, familia. «Paso más tiempo con ellos que con mis hijos».

Las ediciones de Repara mi Iglesia duran quince días. Cande, que hace las veces de capataz en los trabajos de panelado, va por su tercer año. Sí, hay trabajo, pero «lo que más cansa es estar tirado en tu casa en el sofá». Ve claramente la acción del Espíritu Santo en todo, porque «si no fuera por Él…». Y nos pide que nombremos a todo el equipo: Laura, Rodrigo, Pedro, Lola, María… «Los jovencitos son un regalo, todo les parece bien». Además de Conchi, Marian, Cristina, las cocineras Belén y Beatriz… Aquí «Dios nos pone para que estemos juntos». O «el Señor me dio hermanos», que diría san Francisco.
Cande apunta otro de los grandes pilares de Repara: la oración. Destaca el hecho de estar en un santuario donde existe «la posibilidad de visitar al Señor cuando queramos». Además, cada día rezan laudes, el rosario, tienen Misa a las 19:00 horas y después adoración al Santísimo. Y para rematar la jornada, se despiden de la Virgen con la Salve, cada noche a las 23:00 horas.
Y además hay tiempo para hacer alguna salida todos juntos, para comentar el día, para compartir vida, para reír. Y, por supuesto, para ver el eclipse y Las Lágrimas de San Lorenzo, que eso no se lo perdieron.

