Xabier Parra, director de SERCADE y presidente de la red FACIAM, protagonizó la segunda sesión del XI Ciclo de Conferencias para Evangelizadores, organizado por varias delegaciones episcopales de la Archidiócesis de Madrid. Su ponencia, «Un hogar. Un lugar al que pertenecer», partió de una pregunta: ¿qué convierte una casa en un hogar?
Xabier comenzó repasando las casas en las que ha vivido: la de su familia en Pamplona, donde nació; la de sus años de estudio fuera; una casa «que no tiene paredes» en una comunidad indígena de la Amazonia; y la que ha elegido en Madrid, con su mujer y sus hijos. Todas son muy diferentes, explicó, pero lo que las une no son sus características físicas: «Son lugares que se han convertido en hogar cuando había en ellas personas que cuando yo faltaba me echaban de menos».
Sin quitar importancia a la vivienda, cuya garantía considera fundamental, defendió que «los hogares son, además de todo eso, lugares de relaciones, reconocimiento y responsabilidades compartidas». Y planteó dos preguntas: qué ocurre cuando alguien pierde el techo y las relaciones que sostenían su vida, y qué lugar ofrecen a esas personas la sociedad y la comunidad cristiana.
Advirtió de que «hablar de sinhogarismo no es hablar solamente de personas que no tienen casa, sino personas que han perdido sus relaciones y aquellas estructuras que sostienen sus vidas». Explicó que en España no hay acuerdo sobre la definición y que importa tenerla clara, porque «definirles claramente implica exigir unas políticas que amparen los problemas de estas personas». Según la tipología ETHOS, no solo está sin hogar quien vive en la calle, sino también quien habita en lugares sin garantía de permanencia, como habitaciones compartidas, albergues o pisos de organizaciones. La única encuesta oficial se realiza cada diez años y en 2022 contabilizó 28.552 personas sin hogar. «Este dato no es real, es un dato muy pequeño», afirmó. Las entidades, apoyándose en estudios, calculan que el problema podría duplicarse, hasta casi 50.000 personas, y recordó que «hay mucho sinhogarismo oculto». Según el INE, el 76 % son hombres, la edad media es de 42,9 años, el 21 % son jóvenes, un dato en aumento, y el 50 % son extranjeros.
«No hay una causa única», señaló. Influyen las trayectorias migratorias sin red de apoyo, la pérdida del empleo, los desahucios, las separaciones o las adicciones. Criticó la tendencia de los últimos años a «atribuirle responsabilidad a la persona sobre su pobreza», lo que supone hacer juicios, y apostó por la prevención.
Alertó además de la cronicidad: la mayoría no sale de la calle en días, semanas o meses, sino que tarda años, y esa situación «normalmente va generando una mochila de problemas sobrevenidos», como el deterioro de la salud mental, las adicciones, la falta de relaciones y el empobrecimiento de las capacidades. Por eso, dijo, políticos e instituciones deberían tomarse el tema especialmente en serio.
Para Parra, «el sinhogarismo, como la pobreza en general, en el fondo es una expresión de cómo la sociedad es capaz de tolerar que haya personas que han sido expulsadas del propósito común de esta sociedad». Recordó el concepto de desafiliación, que Cáritas Española puso sobre la mesa en el informe FOESSA de 2019, según el cual España avanzaba hacia una sociedad de la desvinculación «en la que habíamos dejado de comprometernos por la vida de las personas que lo pasan mal». Desde esa mirada, «la responsabilidad sobre la pobreza no está en la persona, sino que es una responsabilidad compartida por una sociedad que no ha sido capaz de estructurar sistemas que soporten las vidas de las personas».

Habló también de arraigo, que definió como «la participación real y activa en la existencia de una colectividad». Y precisó: «Uno no arraiga en un lugar en el que simplemente está, arraiga en un lugar en el que le permiten participar de forma activa».
En FACIAM, añadió, el 80 % de las personas que viven en la calle han sufrido pérdidas significativas en su entorno y las relacionan con su situación. «La pérdida de relaciones, de conexión con la sociedad, es el principal elemento que lleva una persona a estar en la calle», afirmó, y «el aislamiento y la soledad es el elemento fundamental de vulnerabilidad, exclusión y empobrecimiento». Citó a Hannah Arendt y su «derecho a tener derechos», que, explicó, «te lo da una comunidad que reconoce y que garantiza que una persona, más allá de lo que tenga, tiene que preservar una mínima dignidad en su persona».
Parra resumió su mensaje así: «El sinhogarismo no es solamente una cuestión de que la gente necesita casas, sino comunidades que revinculen con esas personas». Y terminó volviendo a las preguntas del principio. Si las casas que habitó fueron hogares porque había personas que lo echaban en falta, preguntó a los asistentes: «¿De quién somos hogar?», es decir, «si somos capaces de reconocernos como personas, como comunidades que podemos acoger la pertenencia de las personas».
