Anahí, tercera protagonista del videopodcast 'Una Iglesia, Mil voces', tenía diez años y estaba en Honduras cuando vio por primera vez una foto del Papa Francisco. Era una imagen que circulaba por Facebook, de un señor mayor con un abrigo enorme que le llegaba casi hasta el suelo.
Le pareció que tenía un estilo increíble, ese rollo oversize que ella misma llevaba entonces, y la compartió por todas sus redes. Tardó un tiempo en enterarse de que la foto era fake, hecha gracias a la IA y de que aquel abuelito era en realidad el sucesor de Pedro, el Papa Francisco. «Se cayó mi ídolo», dice entre risas. Pero aquella foto, real o falsa, fue el principio de algo. Desde entonces, el Papa dejó de ser para ella una palabra que sonaba igual que la «papa de comer» o que el «papá sin tilde», y se convirtió en una figura que fue creciendo en su vida de fe.
«Complementa ese rompecabezas»
Anahí lleva casi dos años en Madrid, habiendo llegado desde Honduras con veinte y pocos. Y la visita de León XIV, que llega en junio, la vive como algo que no estaba en el guión pero que encaja demasiado bien para ser casualidad. Cuando buscó en Google las fechas de la visita papal y vio que el Papa llegaba el 6 de junio y partía hacia Barcelona el 9, el mismo día en que ella tiene un viaje previsto, casi se va para atrás del alivio. Tiene la posibilidad de verle. Y para alguien que desde aquella foto fake lleva soñando con conocer a un papa en persona, eso es mucho.
Lo que hace especial su testimonio no es solo la energía desbordante que transmite, sino la honestidad con que describe una experiencia que muchos jóvenes migrantes reconocerán. Dos años en Madrid y todavía no sabe muy bien dónde es su casa. Cuando regresa a Honduras siente que ya no encaja del todo. Cuando está en Madrid tampoco termina de sentirse de aquí. «Hay un cuadrito del rompecabezas que todavía no encaja», dice. Pero la venida del Papa León XIV a la ciudad que la ha acogido le produce algo difícil de explicar: la sensación de que esa pieza que faltaba empieza a encontrar su sitio. «Complementa ese rompecabezas», dice. Y lo dice en serio, no como metáfora bonita sino como descripción precisa de algo que está sintiendo.
La fe de Anahí es la que le infundió su abuela desde pequeña, desde el útero de su madre, como ella misma dice. Pero es también una fe que ha ido encontrando su propio idioma en la juventud y en la alegría. La frase del Papa Francisco que más le ha marcado, la que saca cuando se siente bajona, es «Dios no quiere personas amargadas». Y cuando habla de lo que su generación tiene que decirle al mundo, no habla de reivindicaciones ni de manifiestos, sino de algo más sencillo y más difícil a la vez: afrontar la vida con una sonrisa. «Si tú afrontas la vida con una sonrisa, tal vez la vida también te devuelve con la sonrisa». Lo dice desde la convicción de quien lo practica, no desde la ingenuidad de quien no ha tenido motivos para no hacerlo.
Una compañera que vio el rosario que le regaló su abuela le empezó a decir que la Iglesia estaba equivocada, que para qué sirve el Papa. Anahí escuchó, intentó explicar, y llegó a un punto en que simplemente dijo: «Siguiente pregunta.» No como rendición sino como estrategia. Porque sabe que hay preguntas que no se responden con argumentos sino con presencia. Y confía en que ver al Papa en Madrid les abra a sus compañeros «una ventanita», aunque sea pequeña.
«¿Quieres hacer un TikTok?»
La pregunta del ascensor es, en el caso de Anahí, la respuesta más sincera del videopodcast hasta ahora. Primero se desmayaría. Cuando volviera en sí, miraría al Papa a los ojos muy seriamente y le preguntaría: «¿Quieres hacer un TikTok?». Para subirlo a las redes de la parroquia, aclara. Y si él dudara, le aclararía que el ascensor está cerrado y que de ahí no sale nadie hasta que el TikTok esté grabado. Es una respuesta que arranca carcajadas pero que tiene su lógica: Anahí habita las redes con la misma naturalidad con que habita la parroquia, y para ella llevar al Papa a TikTok no es una broma sino una forma de evangelización perfectamente coherente.
El episodio cierra con una oración de Anaí que habla de abrazos: «Hola Jesús, en este momento te ponemos en tu presencia, tu mandato, tu representación, tu servidor, el Papa León, para que tú, a través de esta visita, le abraces fuerte y que él así nos transmita ese abrazo. Regálale un poquito de tu sabiduría para que sea compartido con nosotros. Y que tu Espíritu Santo nunca lo deje de la mano, para que Él a través de su mano nos dirija hacia ti. Amén».
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