«Siempre me he considerado simplemente un cura de pueblo». Afirmaba esto José Trujillo, sacerdote de la diócesis de Madrid, días antes de su despedida de la parroquia Nuestra Señora de Las Nieves, en Mirasierra, donde ha vivido sus últimos 37 años de ministerio sacerdotal como párroco. Una celebración que presidió el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, que ya se venía preparando desde hace tiempo.
La vida sacerdotal de Trujillo está marcada por dos comunidades muy diferentes entre sí pero que lo han configurado a lo largo de los últimos 55 años. Nacido en Villanueva de la Vera (Cáceres), hijo de padre guardia civil, se ordenó el 20 de mayo de 1971 en la parroquia Santísimo Cristo de la Victoria, en Chamberí. En realidad, le hubiera tocado ordenarse en el 70, pero justo «don Casimiro [Casimiro García Morcillo] quería establecer un curso de pastoral, y nos tocó a nosotros».
Unos meses después tomaba posesión como párroco de Rozas de Puerto Real (hoy diócesis de Getafe). A su vez, entró como formador en el Seminario Menor, «350 niños había entonces», y durante un año y medio fue capellán militar de Capellanía General, de la Academia de Ingenieros, de la Academia de Infantería de Toledo y de la Escuela de Automovilismo, entre otros.
En septiembre de 1989 es nombrado párroco de Las Nieves. Durante los siguientes seis años, «como me aburría» —dice con fina ironía—, siguió yendo al Seminario Menor para dar clases de música. Y también su primer año de la parroquia lo compaginó con las clases de Religión en el colegio público de la zona.

Familia de familias
De estos 37 años que ha permanecido en Las Nieves, Trujillo se siente orgulloso de dos cosas: «acercar la parroquia a la diócesis y al obispo» siendo que cuando él llegó «Mirasierra estaba lejos de Madrid física y cordialmente»; y, en segundo lugar, «hemos avanzado en hacer que la parroquia sea una familia de familias». Hay diversidad de dones, carismas y ministerios en Las Nieves, afirma, pero todos muy integrados en la parroquia.
Otros aspectos que destaca Trujillo es que «tenemos los 14 libros de Bautismo y los tres de Matrimonio totalmente digitalizados» y, además, «una economía saneadísima» que hace que «la contribución al fondo común diocesano y a distintas necesidades sea muy, muy, muy generosa». Repite tres veces el «muy». (Imagen inferior, un espacio de oración que se construyó en el complejo parroquial con motivo de los 25 años de la consagración del templo).
El cariño de la gente
De todo este tiempo, se lleva también el párroco «el cariño de la gente». De los de antes, que la relación que mantiene con sus feligreses de Rozas sigue siendo muy estrecha, y de los de ahora. «A uno le emociona ver a los que en su día eran chavalillos, ahora con 30 vengan a darme un abrazo». Ha conocido a padres, hijos, nietos… «Que me sientan como una parte de su propia vida» es una «satisfacción».
En estas semanas previas a su despedida no han parado de llegarle whatsapp y llamadas de teléfono con personas que se querían despedir de él. En el rato que charlamos en su despacho le sigue sonando el móvil y se sigue acercando gente.
El sacerdote reconoce que se ha dado por completo a la parroquia. «Aquí no hay jornadas de ocho horas», sentencia, para asegurar seguidamente que «he sido siempre muy esclavo de la parroquia». Y aunque ha estado 18 años en una parroquia y 37 en otra, «no te da tiempo a apoltronarte, porque cada año van surgiendo cosas nuevas». «La vida de una parroquia es muy intensa».
En Las Nieves vio llegar en el año 91 a la primera comunidad del Camino Neocatecumenal, y ahora ya son cinco; tiene dos grupos de matrimonios de Proyecto de Amor Conyugal; el rastrillo solidario de Navidad; grupos de jóvenes, Adoración Nocturna, Cáritas parroquial, «un grupo de mujeres entusiastas de Vida Ascendente»…

Vocaciones «parroquiales»
De la parroquia han surgido vocaciones al matrimonio, a la vida religiosa y al sacerdocio. Sin ir más lejos, el recién nombrado obispo auxiliar Andrés Martínez fue feligrés ya de chaval, antes incluso de entrar en el Seminario. A los curas jóvenes, Trujillo siempre les dice lo mismo: que «no se acostumbren a celebrar la Misa, sino que cada una la vivan como la primera vez»; que «en algún momento hay que saber decir no»; que «su vida siempre sea ejemplar», y que «eres un servidor, no el mandamás».
Y también les habla de la cruz. Trujillo trae a la memoria esas palabras que la madre de san Juan Bosco, Mamá Margarita, le dijo a su hijo el día que se ordenó: «Hijo mío, hoy empiezas a sufrir». Pero «por la cruz vamos a la Luz», y aunque «es duro muchas veces», el sacerdote tiene claro que en medio de todo hay que «tratar de ser fieles a la misión recibida, transparentar a Cristo». «He intentado que mi vida sea una vida coherente: las palabras se tienen que hacer vida».
En definitiva, «a veces es complicado, pero es una tarea muy hermosa». Y resume el ministerio sacerdotal en aquellas palabras de Juan Bautista, «que Él crezca y que yo mengüe». Todo ello, con un «espíritu franciscano» con el que se identifica, de «ser siempre un instrumento de paz».

La pátina del tiempo
Aún conserva el sacerdote en el cajón de su despacho las primeras palabras que dijo en la parroquia de Las Nieves. Es un folio en blanco, escrito a máquina a una cara, con los bordes ya gastados por «la pátina del tiempo». «Al iniciar hoy mi ministerio entre vosotros tengo presentes las palabras del Papa a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo pasado: “Sacerdote, puedes realizar labor social que está unida a su vocación de pastor”».
En este punto, Trujillo explica que en su texto hablaba de «las tres misiones del párroco: enseñar, santificar y regir», y comentaba su deseo de «ejercer esto en plena comunión con mi obispo» (Trujillo ha tenido seis: Ricardo Blanco, Vicente Enrique y Tarancón, Ángel Suquía, Antonio María Rouco, Carlos Osoro y José Cobo) y en «estrecha unión con todos vosotros». Asimismo, hacía una llamada a la «colaboración y cooperación de todos según sus carismas, ministerios, al servicio de la comunidad […] para que nuestra comunidad sea una comunidad viva».
Termina con la lectura y Trujillo, acto seguido, saca la felicitación navideña que ha preparado este año para los suscriptores. «Casi presintiendo que esta podía ser mi última Navidad» ha incorporado una frase: «Más allá del tiempo y la distancia, nos unirá siempre el amor a la Madre». Se le quiebra la voz al leerla, porque si algo ganó en el traslado de Rozas a Madrid, hace ya 37 años, fue que él, con una devoción profundísima a la Virgen, la iba a tener como protectora en su nueva parroquia.
Y a Ella se le rinde culto especial con tallas en el atrio del templo, en el presbiterio y un relieve instalado más recientemente en una de las fachadas laterales que está permanentemente iluminado por la noche. Así, todo el que pase tiene una presencia de la Virgen «y le puede rezar un avemaría».

